Lunes. En absoluto gay
Buenas; ha sido un fantástico fin de semana, supongo que en contra de mis expectativas. Nada de preguntas comprometidas, muchas risas y un poco de nostalgia: recuerdos de infancia en compañía de mis primos, juegos de balón con sus hijos. Trataré de que a partir de mañana este blog tenga algo de homosexual. Feliz día, feliz semana.
Posdata: quizá me haya excedido comiendo carne: el cuerpo me pesa como si me hubiera embadurnado de grasa.
Etiquetas: personal
No merezco piedad
Las primeras cosas primero: pido disculpas por haberme desentendido del blog durante tanto tiempo y me siento muy culpable por haber abandonado a mis nobles y escasísimos lectores sin despedirme como es debido. Hola, aquí estoy de nuevo; sin embargo, no quiero precipitarme afirmando que estoy de vuelta, porque me siento un poco cansado --como de costumbre-- y me faltan fuerzas para mantener al día esta bitácora.
Antes frecuentaba unos pocos portales de noticias GLBT a fin de permanecer al corriente de lo que se cocía en el mundo de más allá del arco iris, pero la verdad es que eso dejó exhausto y en bragas mi sentido de la moral: raramente abría en el navegador una página de contenido homosexual sin que las alarmas de mi conciencia perdieran el juicio y se pusieran a girar y brillar como demonios encapsulados en frascos de cristal. Conservador y derechista, además de gaaaaay, constituyo una de esas mutaciones extravagantes que los científicos se chiflan por estudiar. O quizá no tanto. El caso es que resulta agotador leer una noticia tras otra y que todas ellas te suenen maniqueas en el mejor de los casos y ofensivas y fascistas en el peor. Francamente, a veces da la sensación de que lo peor es siempre lo más frecuente.
En fin, debo tomar una decisión con respecto a la continuidad de Enfoque Gay. Por otro lado, me voy a tomar la libertad de construir un par de sitios web sobre asuntos que me divierten; incluso es posible que diseñe una pequeña web sobre homosexuales célebres, aunque ciertamente no adoptará formato de blog.
Bueno, saludos y disculpas sinceras. Me siento muy avergonzado, pero, si debo ser honesto, éste es mi verdadero estilo.
Posdata: dentro de veinte minutos, cuando consulte determinada información en Internet, me daré una ducha, y si bien me siento como un trapo viejo arrojado a un rincón, es posible que asista a una celebración familiar en el campo. Como todo, eso tiene sus pros y sus contras: lo último que me apetece en este momento es reunirme con tíos y primos a quienes, a pesar de apreciar afectuosamente, no veo más que de año en año: o sea que tendré que responder un sinnúmero de preguntas incómodas. Sin embargo, me encanta enfrentarme a un buen pedazo de carne asada y muy jugosa, que es precisamente lo que abundará en la fiesta campestre...
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Editado: acabo de enterarme de que de hecho se trata de una cena, no almuerzo. Quizá se prolongue mañana. En fin, mejor para mí.
Etiquetas: enfoque gay, glbt, personal
Brokeback Mountain, Antonio Gasset
Lo admito, muchachos, una vez más no tengo nada interesante que decir, pero he decidido escribir una entrada aunque sólo sea por mantener la inercia; si abandono por un día, me apuesto el cuello a que al siguiente serán 2, al próximo 3 y al ulterior 4, así hasta 2 meses, y cuando vuelvo, deprimido a causa de mi impenitente holgazanería, he descubierto que mis escasos lectores se han casado, han ligado, se han pirado o, dada la naturaleza de este blog --o más bien la mía propia--, han fallecido. ¡Bienvenido a Necrológicas Gays! Esto va por ti, Sonia: si me conocieras lo suficiente sabrías hasta qué punto me llegan al alma este tipo de alusiones macabro–morbosas. Tengo alma de caballero sureño decadente, y espero a una muchacha (un muchacho) disfuncional y vacilón para cuya gloria echarme al desierto a cazar esos discretos monstruos que se arrastran bajo el complaciente sol de plomo. Debo empezar a vestir de negro, con levita y sombrero de copa, fumar en pipa y beber whisky hasta que mi voz suene como un tubo relleno de arena y piedras.
Cambiando de tercio, me viene a la memoria una noticia, previsiblemente falsa, que leí hace dos o tres semanas en determinado blog. Jake Gyllenhaal tiene novio, un chico al que conoció mientras rodaban juntos ese bodrio apocalíptico titulado El día de mañana (precursor de esa otra película de Disney, Una verdad incómoda). El segundo en discordia es un tal Austin Nichols, que puede ser guapo, feo o todo lo contrario. Corresponde a ese tipo de tíos que me hacen pensar en lo cruel que a menudo se torna la vida: una profunda aflicción se instala en mis entrañas cada vez que me siento incapaz de identificar la belleza masculina. ¡Ése soy yo, necrológico sibarita de los viriles ángulos rectos! (Lo de rectos no era una broma. En serio.) La noticia a la que me refiero debe de ser falsa, no es que me haga ilusiones, ni siquiera que me importe demasiado, pero me siento obligado a incluir en cada post alguna referencia puramente gay para que este blog siga siendo lo que es, una especie de meadero surcado por el arco iris. :)
A propósito, este fin de semana escuché en la radio una entrevista completamente grotesca, si no decididamente inmoral, a un periodista y escritor de cuarta categoría experto en misterios sobrenaturales, o, como suelen definirlo ellos mismos, «estas cuestiones». Cielos, no sabrían utilizar un sinónimo de «fenómenos paranormales» ni aunque un fantasma de tres metros de altura se lo escribiera en la pared y señalara las palabras con un puntero láser. El escritor al que me refiero --he olvidado su nombre y, aunque resultaría sencillo buscarlo en el historial de mi navegador, me niego a mostrarme tan cruel-- tenía problemas de dicción, lo que no supone motivo de burla, no me malinterpretéis, pero tampoco era de lengua fluida, por así decir, parecía enfadado e insistía en que deseaba insuflarnos a los oyentes (él debió de utilizar una palabra menos refinada) lo que denominó «la adrenalina del misterio», es decir, «la adrenalina de estas cuestiones». Llegado cierto punto, apagué la radio para librarme de la vergüenza ajena que comenzaba a espesarme la sangre, y más tarde, intrigado por el grostesco periodista, busqué información referente a él en Internet. Tiene sitio web y todo. Guau. En una de las secciones había colgadas imágenes escaneadas de entrevistas que había realizado a personajes famosos a lo largo de su carrera. Preguntas previsibles y respuestas aburridas, nada que merezca la pena subrayar. Con excepción, quizás, de que Antonio Gasset, ese crítico de cine y presentador de televisión tan deliciosamente sarcástico, es católico. Debo reconocer que me sorprendió. Pues bien, rastreé Google un poco más en busca de información adicional sobre Gasset, y aquí os presento el mejor resultado: una sabrosísima colección de sarcasmos salidos de la fiera boca del crítico madrileño. Os pongo un par y un vínculo, por si os apetece tomar una segunda ración. No tienen desperdicio:
Servidor se confiesa seguidor de Philip K. Dick, quizás por ello me he convertido en un trastornado.
[Un guiño destinado a REM:] Jeunet es el director de ese engendro, película para algunos (estaban equivocados), ladrillo para otro (estábamos en lo cierto) que fue Amelia.
Ahora vamos con "El señor de los anillos", película basada en un famosísimo libro... que yo no me he leído. Sin embargo, les diré como anécdota, que algunos de mis amigos tienen, en una estantería totalmente vacía, junto con su foto de sus vacaciones en Calasparra, un ejemplar de “El señor de los anillos”.
Se estrena estos días la película El último samurai, protagonizada por el ex-marido de Nicole Kidman, único dato destacable de este actor llamado Tom Cruise.
Veamos el reportaje de Mar adentro que ha realizado mi compañero y amigo Alberto Bermejo, el único de todo el equipo al que le ha gustado la película.
Sé que aguantaran a estas altas horas de la noche el momento de publicidad ya que al regreso tenemos un especial del salón del cine erótico de Barcelona…
Y llegamos a la pausa en este programa del que tan orgullosos nos sentimos. No así de algunas compañeras de la 7ª planta de Torrespaña que fuman saltándose la norma que tanto nos beneficia a todos.
Durante la pausa publicitaria, rezaré con la esperanza de que ninguno de sus hijos se haya presentado al casting de Operación Triunfo.
Vamos a una pausa publicitaria, que será tan corta como el sueldo del presentador.
Hasta el próximo programa. No sabemos ni qué día ni a qué hora nos pondrán, de modo que estén atentos.
Ahora pueden ustedes hacer un montón de cosas aprovechando los interminables minutos de publicidad.
Espero que os haya divertido tanto como a mí. Espero también que REM sepa perdonármelo. Más, aquí.
Etiquetas: cine, outer space, personal
Bienvenido de vuelta al espacio, Mike
Mes y medio sin escribir una línea, debo de haberme ganado un puesto de honor en el círculo de los injustos, los holgazanes y los decadentes (si me veo forzado a elegir una sola opción, y por ser justos con la verdad, el adjetivo «decadente» se me ha ajustado siempre como un traje confeccionado a la medida).
Mi homosexualidad es un monstruo de estómago flácido que se arrastra con gracia babosa sobre mi piel, en busca de cálidos orificios por los que penetrar en mis entrañas: y es que las vísceras han sido desde el principio de los tiempos un sabroso almuerzo para demonios. No digo que mi orientación sexual sea un demonio, sino más bien que últimamente me resulta tan ajena como las estrellas que colisionan en esos oscuros extremos del Universo que causan pesadillas a los poetas. (A los poetas preternaturales de principios de siglo, por lo menos.)
Los últimos tiempos no me han deparado absolutamente nada, salvo quizá el placer pasional de engullir las páginas de un buen libro (relectura del magistral El fantasma de Harlot). Por lo demás, he dedicado las largas horas a contemplar con una vibrante indolencia el transcurso de las horas, los días, las largas noches cálidas del sur y ese triunvirato fatal de melancolía, desamor y frustración: tres naipes que, en lo concerniente a mi vida, poseen sólo una discreta capacidad de inocularse en mis rojas venas de varón sureño.
No debería publicar esta entrada, pues se trata más bien de una reacción tardía al complejo de culpa que me ha asaltado esta mañana. Besos para Sonia y REM (lean o no, da igual). Para REM, además, una caricia. (Estimulará el sentido territorial de tu X.) Con afecto feroz,
Herr Bones.


Etiquetas: nostalgia, personal
¿Gay + cuarto oscuro = 4?

¿Cuál es la relación...? Quiero decir que... bueno, acabo de engullir un delicioso emparedado de salchichas y cebollas fritas aderezado con queso, ketchup y mostaza, uno de esos explosivos sándwiches que rezuman salsa en cuanto aplicas el diente, y ahora me propongo escribir un post sobre los cuartos oscuros. Así que mi pregunta es, maldita sea, ¿cuál es la relación? Diablos, ¿es que nadie tiene intención de ofrecerme una jodida explicación sobre...
cuál es la relación? ¿Salchichas, falos, salsas? No lo creo; soy un buen muchacho, mi pobre cerebro no funciona de ese modo. De acuerdo, me doy por vencido, pero estoy dispuesto a llegar hasta el fondo del asunto. Como premisa, una rápida definición de «cuarto oscuro»: se trata de salas desprovistas de luz a las que algunos homosexuales acuden para mantener relaciones sexuales anónimas. No obstante, es relativamente frecuente que los usuarios de ese tipo de servicios utilicen mecheros, o incluso las pantallas de sus teléfonos móviles, para echar un vistazo a la mercancía... no sea que forniquen con un tipo más feo de lo que podrían permitirse a plena luz del día.
Internarse en las sombras de un cuarto oscuro es a menudo parte del aprendizaje de cualquier homosexual decidido a dejarse ver en el ambiente, aunque ciertamente no todos estamos dispuestos a bajarnos los pantalones en ese tipo de sitios. De cualquier forma, es más o menos frecuente escuchar anécdotas de lo que le sucedió a uno la primera vez que franqueó La Puerta, y recuerdo perfectamente la primera vez que alguien me contó, o más bien le contó al tipo que luego sería su novio conmigo delante, su pequeña experiencia. No es que fuera muy divertida, pero al menos resultaba inofensiva y libre de la sordidez que uno daría por supuesta. El caso es que el chaval en cuestión, estudiante jienense en la capital sureña, había visitado en compañía de sus amigos el cuarto oscuro de una discoteca sevillana, y en un determinado momento un miembro de su pandilla se atrevió a encender un mechero: descubrieron así que un tipo los observaba desde un rincón. Bien, la llama se apagó, o la dejaron apagarse porque la ruedecilla empezaba a quemar, y al cabo de unos segundos volvieron a poner luz en las tinieblas. El tipo había avanzado, sin dejar de contemplarlos con ese interés lascivo tan fácil de identificar. La escena se repitió un par de veces, hasta que la última tenían al depredador enfrente, momento en que se dieron a la fuga. Mi caso no fue mucho más interesante, pero en fin... ahí va. Nos encontrábamos en la discoteca
Ítaca, uno de los locales más siniestros de la escena gay sevillana, sentados en los bancos de la sala exclusiva para varones. En determinado momento, uno de los chicos decidió que había llegado la hora de echar un vistazo al cuarto oscuro, de modo que se incorporaron y pusieron rumbo al
terrible paraíso, ubicado a unos tres metros a nuestra derecha. Yo permanecí fuera, un tanto asqueado y manteniendo las formas, hasta que los chavales que me acompañaban en la sala decidieron internarse también en la bruma; y, puesto que no me apetecía permanecer solo en aquella repulsiva penumbra, me avine a seguirlos. Formábamos una fila india e íbamos agarrados de la mano. Dentro: oscuridad, risas, mecheros, y unos dedos lánguidos que me acariciaban los genitales sobre la tela vaquera. Yo, pensando que se trataba de una broma de mis colegas, la aparté sin darle importancia. Pero ella volvió. En esta ocasión, un poco suspicaz, la rechacé con fuerza, y ya no regresó.
No recuerdo si fue esa misma noche cuando un miembro de mi pandilla, quien me había llegado a atraer en algún momento, justo al conocerlo, nos animó a que diéramos una vuelta por las distintas salas del Ítaca. Aquella noche el muchacho había llegado al lugar donde nos habíamos citado con un débil pretexto para convencernos (convencerse) de que había roto...
en cierto modo había roto... con su novio, un chaval por el que siempre me sentí incapaz de sentir el menor aprecio. El caso es que no necesité darle demasiadas vueltas al asunto para comprender que el pollo tenía intención de practicar sexo a toda costa, y que la patraña que nos acababa de contar no era más que una forma de reafirmar su inocencia ante sí mismo y ante el resto del grupo: a fin de cuentas, si había roto con su media naranja --aunque sólo fuera
parcialmente--, tenía todo el derecho del mundo a mantener relaciones sexuales con quien le diera la gana. Y nosotros lo acompañaríamos en su caza. Más tarde, en el cuarto oscuro, rechazó a un chaval no del todo mal parecido que vestía una amplia chaqueta de cuero, justo después de intercambiar una mirada llena de intenciones . La escena me pareció completamente ridícula en su momento, y la verdad es que mi opinión no se ha alterado un ápice con el paso de los años. Finalmente, una vez hubo decidido que la carne no le convencía, subimos a las cabinas, donde yo mismo tonteé un poco con él. No es que me avergüence, pero fue una estupidez por mi parte, incluso aunque de hecho no llegamos a ninguna parte: yo no estaba dispuesto a hacer lo que él me pedía (para no quedar como un estrecho, lo que hice fue pedirle que a cambio me hiciera él a mí otra cosa, algo excesivo, previendo que se negaría).
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Leyendo los blogs diseminados por Internet, y escuchando la opinión de colegas y demás, a veces tengo la sensación de que utilizar este tipo de servicios, por llamarlos de algún modo: cuartos oscuros, cabinas, baños públicos, parques, saunas, etc. constituye una especie de obligación fáctica y moral de todos los gays. Si debo ser honesto, me parece una pena y, por qué no decirlo, un verdadero asco. Se trata una vez más de admitir una especie de homogeneidad ética y conductual de todos los homosexuales, actitud no muy distinta de la de quienes nos convierten en ateos, en feos, en izquierdistas o en vaya uno a saber qué cosa (hace un tiempo publiqué una entrada relacionada con este asunto,
Gays, mitos e ideas maléficas, donde ofrecía una lista de mis prejuicios favoritos). Mi idea, sin embargo, es la siguiente:
no existe prueba científica alguna que relacione el ADN gay con los cuartos oscuros. Por supuesto, estoy abierto a la posibilidad de cambiar de opinión, si alguien brinda pruebas de que me hallo en un error; pero, ciertamente, albergo serias dudas sobre que algo así vaya a ocurrir.
Etiquetas: ambiente, anécdotas, personal
Gay saliendo del armario, 1, 2, 3...

Por aquella época éramos todavía unos niños, pero algunos ya teníamos las cosas bastante claras. Como por ejemplo R., quien en la azotea de mi casa me confesó que le gustaba C. Incluso por aquel entonces sabíamos muy bien que hay cosas sobre las que conviene guardar secreto, de modo que me pidió que no se lo dijera a nadie. Cumpliera mi promesa o no, recuerdo la reacción que experimenté en aquel instante. O, para ser precisos, las
dos reacciones. La primera fue de súbita satisfacción, pues acababa de descubrir que a fin de cuentas yo no era el
único, si bien tuve la precaución de no manifestarlo en voz alta. La segunda consistió en adoptar la pose de señor mayor y muy pedante y explicarle que lo que le ocurría es que era homosexual. Qué curiosa palabra: cuánta sonoridad, cuántos problemas.
C. es hoy día médico con consulta propia, y de R. poco sé, aparte de que guarda un ligero parecido con Freddie Mercury, conserva todas las plumas de la infancia y ofrece ese aspecto típico de los gays más propensos a la promiscuidad y el vicio. Mientras tanto yo, el tercero en discordia, aquí sigo...
Me figuro que ésa fue la primera ocasión en que supe de la homosexualidad de alguien a quien conocía, aunque ciertamente albergaba mis sospechas respecto a varias personas. Por curioso e incluso sorprendente que suene, el tema de la orientación sexual posee una enorme relevancia en las relaciones entre los niños; y no sólo porque hayamos acuñado el desafío «mariquita el último», casi tan absurdo como «guapo el último» (a ciertas edades, «guapo» y «mariquita» son sinónimos), sino también, y esto no es más que una sospecha, porque en la época del desarrollo y el descubrimiento sexual todos nos formulamos muchísimas preguntas sobre nuestra identidad. Y aparte del placer morboso que proporciona despojar a otro de su intimidad, nunca viene mal ponerle los ojos encima a alguien con quien compartimos un pequeño y a menudo terrible secreto.
Como muy tarde, yo estaba en 8º de EGB cuando le confié a mi mejor amigo de la infancia que era gay. No estoy seguro de la expresión que utilicé... tal vez recurrí a alguna evasiva, afirmé que me gustaba un tío en particular, no el género masculino en conjunto... pero permanece fresca en mi memoria la imagen de nosotros dos sentados en uno de los muretes de la azotea de casa. Puede verse que ese espacio con losas de color rojizo ha sido testigo de horribles revelaciones, ¿eh? En fin, había empezado a anochecer y hacía fresco: supongo que la creciente oscuridad fue una ventaja a mi favor. La intimidad funciona mejor cuando las partes se hallan sumidas en la penumbra, como bien lo demuestra el uso de velas en las cenas románticas...
Aunque no es fácil abordar este asunto... al menos, no fue un plato de fácil digestión para mí... debo reconocer que todo fue a las mil maravillas, y que en lo sucesivo pude mostrarme bastante franco con este chaval, que jamás, ni siquiera años después, cuando las cosas se pusieron feas y nos distanciamos, hizo uso de esta «información sensible» para causarme problemas. Yo le contaba qué tíos me molaban, y él me explicaba qué chicas lo volvían loco. Bien pensado, él siempre se mostró más solícito a las confesiones que yo, así que me relató algunas cosas que yo habría podido vivir sin conocer. El muy mamón incluso llegó a masturbarse conmigo delante, aunque yo tuve la consideración de darle las espalda y seguir con mi charla. Si bien es cierto que, durante esa larga época de cósmicas explosiones hormonales los tíos somos capaces de llevar a cabo cualquier cosa, cegados como estamos por el irresistible empuje del deseo sexual, yo fui siempre bastante... conservador, por así decir. Quizá sea algo que deba lamentar, o puede que no. El caso es que, mientras mis compañeros se masturbaban en mitad de la clase, con subrepticios movimientos de muñeca bajo el pupitre, o en los amplios armarios vacíos, yo me limitaba a considerar el espectáculo con distanciamiento y una cierta reprobación. Ay, si hubiera aprovechado
aquello.
A lo largo de los años he elegido con prudencia al tipo de gente a la que hacía depositaria de mis secretos, y me complace que por lo general obtuviera buenos resultados: casi ninguno de mis confidentes aprovechó la ocasión para jugármela. Sin embargo, quizá exista una pequeña y sorprendente excepción. A fin de cuentas, él era un verdadero liberal: o esa imagen se esforzaba en proyectar. A mí, como a tantos otros, me embaucó.
Era un muchacho más bien apuesto, no espectacular, desde luego, pero poseía ese tono de sexualidad a flor de piel que he mencionado en alguna ocasión. Había algo muy libidinoso en sus movimientos, en su confianza aparentemente ilimitada en el mundo, en el brillo delicioso de sus ojos y en su afición a la poesía, que escribía con dulce sensibilidad. Era tan fresco, todo vida, desinhibición, humor y sensualidad. También era bastante moderno, ya sabéis, un presunto liberal, y manteníamos una estupenda relación. Así que, ¿por qué no decírselo? Me apetecía seguir ampliando mis horizontes, el número de personas con las que podía expresarme sin temor a cometer errores de género. Y es que los homosexuales, enclaustrados en nuestros muros, padecemos nuestros propios conflictos gramaticales: él, ella, ello, la persona, la chica...
Un día lo invité a que me acompañara a las puertas del instituto. El sol doraba los parterres arbolados y la fachada de ladrillo visto del instituto, las voces de las decenas de estudiantes se elevaban graciosamente sobre el aire; disfrutábamos pues de una de esas magníficas mañanas sureñas. Guié al chaval hasta una puerta clausurada y, tras dar algunos rodeos, le expliqué que me gustaba un chico. Todo fue perfecto: él me formuló algunas preguntas y yo le corregí cuando incurrió en errores de concepto bastante habituales. Supongo que, por ser él, los consideré particularmente inofensivos y encantadores. Diré en su favor que a partir de entonces se esforzó en mostrarse natural cuando trataba conmigo, pero el temblor de su voz, el modo en que rehuía mi mirada y la forma en que limitaba el trato conmigo delataban que, después de todo, la homosexualidad era algo más de lo que se sentía con fuerzas para tolerar. Yo, fiel a mis costumbres, me dije que eso poco importaba.
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