La Máquina Bones: Menos que cero, de Bret Easton Ellis
La Máquina Bones: Menos que cero, de Bret Easton Ellis: "Todo significa nada, y aunque esa forma de vivir la vida nos causa una profunda congoja a la mayoría de las personas, la quirúrgica, desapasionada descripción de la misma que Ellis realiza la dota de un interés antropológico y, por qué no decirlo, morboso. Sin embargo, algunas reacciones un tanto moralistas que experimenta el protagonista, como por ejemplo en la escena en que uno de sus amigos se prostituye para saldar sus deudas, estallan como burbujas de estaño en mitad del relato. Cuidado con las esquirlas." Sigue aquí.
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Juicio final, de John Katzenbach
La Máquina Bones: Juicio final, de John Katzenbach: "No es que Causa justa sea mi película favorita, pero cuando compré la novela en la que el film se basa, Juicio final, de John Katzenbach, me sentí tan excitado como una colegiala, y pasé las primeras páginas con intención de leer otro ingenio de uno de mis autores predilectos.
El libro, escrito por Katzenbach con el estilo eficiente y formal que lo hace identificable desde hace un casi tres décadas, narra la investigación que el periodista Matthew Cowart efectúa sobre un crimen por el cual un ciudadano negro de la Florida más profunda ha sido condenado a muerte. El condenado, Robert Earl, envía una carta a Cowart en la que insiste en su inocencia, y determinados detalles del caso conducen al reportero si no a creer a su interlocutor, al menos a tomar en consideración los detalles del caso. Para ello, se traslada al pueblo natal de Earl y conoce a una serie de personajes que tuvieron relevancia en la acusación contra el (presunto) homicida, desde el jefe de policía local, también negro, hasta la familia de la víctima, una niña violada, asesinada y arrojada a los pantanos, pasando por testigos del secuestro de la pequeña y el abogado de Robert Earl." Sigue aquí.
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Un popurrí de noticias gays

Ni siquiera conocía la existencia de algo parecido al cáncer anal. Pensaba que los chistes que en
South Park se permitían a su costa eran pura chanza; pero por lo visto la Terrible Enfermedad no necesita mi reconocimiento para extenderse y destrozar vidas, y también alcanza ahí, al buti, y no tiene ninguna gracia. Hace días AmbienteG publicó
una entrada referente a la posibilidad de prevenir este tipo de tumores mediante vacunas de nuevo desarrollo, y esta tarde About.com reproduce la
cancioncilla: el virus del papiloma humano es un mal demonio que causa cantidad de problemas, y encariñarse con genitales ajenos sin tomar las precauciones adecuadas no contribuye a solucionar este delicado
asunto. Por motivos obvios... no hace falta decirlo, tío, vicio francés, ya sabes... el cáncer anal se la tiene jurada a los gays, así que podemos celebrar con alborozo este nuevo avance.
También ha sido motivo de guasa, de bullas y de discusiones irreconciliables en la blogosfera gay el insólito comentario proferido por el alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, respecto a que este año no cederá a la presión ejercida para que permita a los GLBT moscovitas recorrer las frías calles de su metrópoli; la excentricidad de su comentario reside en que Luzhkov describe la cabalgata del Orgullo como «satánica». Bueno, estoy de acuerdo con él: hay algo de perverso en un desfile de sacerdotes con los labios pintados de rojo pasión nº 5. Reflexionad, hermanos... Lo bueno es que,
según leo en Advocate.com, Vladimir
Cara de Póquer Putin, el desternillante presidente ruso, opina que la homosexualidad no constituye la mejor solución para los problemas demográficos que al parecer sufre su país. ¡Ah, procreación de procreaciones! La audiencia de reporteros rompió en una salva de carcajadas cuando el potentado eslavo realizó esa
reflexión. Y debo admitir que a mí me dibujó una sonrisa en los labios. Pero es que soy un ogro y jamás río. Miradme, observad mi expresión voraz. Soy fiero como... bueno, como el macho–novelista Norman Mailer, a quien admiro no sólo por su fabulosa habilidad literaria, sino también como contendiente en la batalla que mi escritor favorito, Tom Wolfe, libró hace un tiempo contra las que denominó sus «tres comparsas», Mailer, Updike e Irving. En mi humilde opinión, a los tres les dio pal' pelo, como demuestra el célebre artículo
Mis tres comparsas publicado en
El periodismo canalla. ¿De qué sirve vociferar, cuando una sola ironía de Wolfe es capaz de partir en dos una maldita lámina de acero?
A propósito, la alusión a Mailer no fue gratuita. Lo saqué a colación debido a que en su nueva y quizá última novela,
The castle in the forest, que retrata la infancia de Adolf Hitler, juega con la posibilidad de que el hermano mayor del genocida fuera homosexual. Lo leo
aquí; sin embargo, el autor de ese artículo se equivoca de pleno al afirmar que se trata de la primera vez que Mailer describe escenas homosexuales en su obra. Tengo en la cabeza las maravillosas
El fantasma de Harlot y
Los tipos duros no bailan, dos novelas en las que las escenas homosexuales tenían cierta relevancia, al menos tal y como yo las recuerdo. En una de ellas, un guapo muchacho evocaba a su amante deslizándole el pene sobre la mejilla... Me pregunto si el periodista no lo considera lo bastante gay.
El artículo que enlazo dedica algunos comentarios en tono sarcástico a Norman Mailer, quien ha sido siempre una especie de bastión de la virilidad. No obstante, parece ser que la edad le ha hecho modificar su opinión sobre asuntos como la homosexualidad, a la que solía describir como el último recurso de los hombres incapaces de competir en la salvaje jungla heterosexual. Demonios, una sola noche en cualquier discoteca de ambiente le habría demostrado cuán equivocado se hallaba. De cualquier forma, recomiendo
estas dos
entrevistas. No tienen desperdicio. Un botón de muestra:
La homosexualidad es un tema que siempre le ha preocupado. ¿ Cómo se siente viviendo en una localidad tan exuberantemente gay? "En los viejos tiempos pensaba que el hombre debía ser vigoroso, mis concepciones masculinas provenían de Hemingway. Pero en los últimos diez o 20 años he cambiado, ahora soy mucho más tolerante". Dígame, ¿acaso no ha sentido alguna vez el temor de que pudieras ser gay? "No conozco a ningún hombre que no haya sentido eso. Es el terror oculto de cada macho". ¿A qué se debe la postura de Clinton hacia los gays en el ejército de Estados Unidos? "Si Clinton hubiera pasado una semana en el ejército habría aprendido que es inútil discriminarlos. Hay hombres que necesitan algún tipo de camaradería entre ellos porque las únicas muestras de cariño que recibieron en su vida vinieron de otros hombres. El ejército les permite vivir de tal manera que no tienen que considerarse homosexuales". // Entrevista completa.
Y otro más:
Sí, creo en Dios. No en el Dios de los americanos fundamentalistas. Creo que los fundamentalistas son en el fondo agentes de Satán y que el dios que ofrece juicios permanentes y finales sobre todas los cosas no existe. Dios, como yo lo veo, es nuestro creador, que está en guerra con otros poderosos elementos en el universo, alguien o algo, él o ella no entro en disquisiciones sobre su sexo , que está luchando por hacerlo lo mejor posible... Una idea que me fascina y que he desarrollado con placer en el libro es que Dios y Satán tienen sus limitaciones. Ellos tienen una economía y ciertos recursos. Sus agentes tienen que tener en cuentas esas limitaciones. De algún modo, operan como los agentes de la CIA. Digamos que los agentes del diablo actúan con una CIA oscura y supernatural [risas]. [...] En la Edad Media, los dos se disputaban el poder supremo. Luego vino la Ilustración para dar el poder a los humanos y desvanecer la idea de que existen fuerzas superiores. Pero yo creo en Dios como una fuerza que actúa en un sentido, y creo también que hay una fuerza que opera en sentido contrario. Hay también una tercera fuerza, la de los seres humanos que detestan la noción de Dios y que piensan que no lo necesitamos, ahora que tenemos la ciencia para explicar ciertas cosas. Pero resulta que la ciencia se puede inclinar también hacia uno u otro lado, y que, de algún modo, es una fuerza que escapa muchas veces a nuestro propio control. // Entrevista completa.
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Norman Mailer en la
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El fantasma de Harlot.
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Una fantasía homosexual
El norteamericano
Theodore Sturgeon no sólo vivió esa existencia errática y llena de dificultades que los
aspirantes a escritor envidiamos con más ilusión que sentido común, sino que también se convirtió en uno de los popes de la fantasía–ficción. De su obra, Arthur C. Clarke afirmó: «los cuentos de Sturgeon tienen un impacto emocional que no logra casi ningún otro escritor», y Groff Conklin puso la puntilla con su sentencia memorable, «tú no lees estos cuentos: te suceden». Por si esos avales no fueran suficientes, Ray Bradbury confesó en el delicioso prólogo de
La fuente del unicornio:
Quizá la mejor manera de expresar lo que pienso de un cuento de Theodore Sturgeon sea explicar con qué minucioso interés, en el año 1940, abría por el medio cada relato de Sturgeon y le sacaba las tripas para ver qué era lo que lo hacía funcionar. [...] Miraba a Sturgeon con secreta y persistente envidia. Y la envidia, tenemos que admitirlo, es para un escritor el síntoma más seguro de la superioridad de otro autor.
¡Uff! Que el maestro de
Crónicas marcianas se manifestara en unos términos tan elogiosos sobre Sturgeon dice mucho en favor de éste.
[A partir de aquí puede haber
spoiler.] En los irresistibles mundos de fantasía creados por TS desfilan con inolvidable ingenio excéntricas historias de amor, alienígenas traviesos como niños, metáforas pacifistas, peliagudos desafíos morales y, en el relato que tengo en mente,
El mundo bien perdido, incluido en el mencionado volumen
La fuente del unicornio, una especie de alegoría en defensa de los derechos de los homosexuales.
El
Ácaro Estelar 439 lleva a cabo la misión de devolver a dos alienígenas, conocidos como «los tortolitos», a su planeta de origen. Según Dirbanu, nombre con el que se conoce en la Tierra a ese misterioso cuerpo celeste, tales extraterrestres son fugitivos de la justicia, y por tanto deben ser restituidos a su autoridad. El equipo responsable de realizar la repatriación es descrito por Sturgeon del siguiente modo:
La tripulación estaba compuesta por dos hombres: uno un gallito pintoresco y el otro un enorme toro pardo. Eran, respectivamente, Rootes, capitán, y Grunty, encargado de todo lo demás. Rootes era un gallito ágil, blanco y enérgico. Tenía pelo de color castaño rojizo, lo mismo que los ojos, y los ojos eran duros. Grunty era desgarbado, con manos grandes y suaves y hombros pesados, casi tan anchos como alto era Rootes.
Rootes tiene un carácter verdaderamente áspero, y Grunty da la sensación de sufrir un cierto retardo mental; en cualquier caso, está hecho todo un mastuerzo. Sin embargo, es él quien debe lidiar con los encantadores «tortolitos» a lo largo del viaje, pues su superior se pasa dormido la mayor parte del tiempo, y es a él también a quien los alienígenas recurren en busca de auxilio. El problema reside en que ninguno conoce el idioma del otro, y a las duras se entienden mediante dibujos. Finalmente, se desvela el motivo que forzó a los «tortolitos» a fugarse de Dirbanu: son pareja, una pareja homosexual, y las autoridades de su planeta los reclaman para aplicarles la pena capital, pues no desean que en el cosmos se corra la voz de que en aquel lejano lugar, oculto y ajeno bajo fuertes nubes de energía, todos son... ya sabéis, un poco
mariquitas.
Pero, ¿los devuelven y los tortolitos son asesinados? ¿O los liberan? De liberarlos, ¿por qué razón harían algo así? Y de desentenderse de ellos, ¿por qué tal falta de piedad? Sturgeon es un escritor absolutamente maravilloso, y éste es uno de los muchísimos relatos que lo demuestran sin ningún género de dudas.
La
Casa del Libro tiene disponibles algunos libros de
Theodore Sturgeon.
Etiquetas: libros, prejuicios
La ciudad y el pilar de sal
Sus antepasados y el poder de su familia determinaban que Gore Vidal iniciaría carrera en la procelosa vida política norteamericana, pero su novela
La ciudad y el pilar de sal, publicada en enero de 1948, dio al traste con ese proyecto semi–genético y descerrajó el pistoletazo de salida de su meteórica carrera literaria e intelectual: el libro relataba el drama de un muchacho de la América profunda enamorado de otro muchacho. Por aquel entonces Vidal contaba 23 años y, tras la muerte del que sería el amor de su vida,
el apuesto Jimmy Trimble, en la Batalla de Iwo Jima, había pasado ya por los brazos --y las sábanas-- de unos ciento cincuenta tíos. Comprendo que la alusión resulta de lo más procaz, pero qué demonios, se trata de su propia confesión...
El instituto llega a su fin, y Jim Willard y su amigo Bob Ford hacen planes de futuro. Ambos comparten juventud, fuerza y belleza, dos verdaderos efebos llamados a protagonizar una novela gay. De modo que se toman un respiro acudiendo a una cabaña en las cercanías de un estanque situado a las afueras del pueblo, y una cosa lleva a la otra y de repente la oscuridad, un toqueteo, gemidos, el despertar homosexual, todo eso. Caray, ¿quién lo iba a decir? Dos muchachos bien parecidos que se dispensan muestras de afecto como salvajes criaturas del bosque. Inopinado, inopinado por completo. La escena comienza así:
Bob se quitó la camisa y Jim hizo lo mismo. Así estaba mejor. Jim se limpió el sudor de la cara; Bob se estiró sobre la manta, utilizando su camiseta como almohada. La luz de las llamas brillaba sobre sus cuerpos blancos. Jim se tumbó junto a Bob.
–Hace demasiado calor para estar luchando –dijo.
Bob soltó una carcajada y de repente lo agarró. Se aferraron el uno al otro. Jim era abrumadoramente consciente del cuerpo de Bob. Durante un instante hicieron como que luchaban. Después ambos se detuvieron. Sin embargo, siguieron agarrados, como esperando una señal para separarse o continuar. Pasó un buen rato y ninguno se movió. Sus suaves pechos se tocaban, mezclando su sudor, jadeando al unísono.
Sin embargo, esa experiencia parece haber tenido un significado distinto para cada uno de los amigos. Ford se enrola en la marina mercante y desaparece de la vida de Willard. Ni cartas, ni postales, ni besos en el aire. Willard es miembro de una familia disfuncional en la que se siente más o menos asfixiado; así que un día prepara los bártulos y se propone abandonar el pueblo en busca de su amante. Pero localizarlo no es una tarea sencilla, y a Willard se le presenta la ocasión de descubrirse a sí mismo. Por eso se trata de una novela de alumbramiento: porque el protagonista empieza a vislumbrar el sesgo de su verdadera identidad.
Willard desprecia a los homosexuales, a quienes considera nenazas degeneradas, y conjetura que su relación con Bob es... bueno, una cuestión estrictamente masculina. Pero las cosas cambian, cambian muy lentamente, y la renuencia inicial de Willard a mantener relaciones íntimas con otros chicos va cediendo el paso a una especie de áspero consentimiento. En Hollywood se empareja con un símbolo sexual de la época, una estrella de cine deseada por las mujeres de medio planeta, y con el transcurso del tiempo, sometido a la dolorosa ausencia de Ford, Willard se convierte en una zorra en toda regla. Y ésa es la historia: el apocado Willard se vuelve extremadamente promiscuo en su búsqueda sin cuartel del amado Ford.
El estilo narrativo es sencillo, casi aburrido, aunque según parece eso fue algo deliberado: Vidal pretendía conferir al relato una textura documental. Y vaya si lo consigue. Novela de fácil lectura, con multitud de fantasías sexuales comunes bien tramadas, aunque casi ni rastro de descripciones eróticas explícitas, con lo que ganamos todos.
La ciudad y el pilar de sal fue un éxito de ventas en su momento, y un perfecto ejemplo de cómo la polémica puede resultar de lo más beneficiosa. Puedes
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Etiquetas: cultura, gay america, Gore Vidal, libros