El instituto llega a su fin, y Jim Willard y su amigo Bob Ford hacen planes de futuro. Ambos comparten juventud, fuerza y belleza, dos verdaderos efebos llamados a protagonizar una novela gay. De modo que se toman un respiro acudiendo a una cabaña en las cercanías de un estanque situado a las afueras del pueblo, y una cosa lleva a la otra y de repente la oscuridad, un toqueteo, gemidos, el despertar homosexual, todo eso. Caray, ¿quién lo iba a decir? Dos muchachos bien parecidos que se dispensan muestras de afecto como salvajes criaturas del bosque. Inopinado, inopinado por completo. La escena comienza así:
Bob se quitó la camisa y Jim hizo lo mismo. Así estaba mejor. Jim se limpió el sudor de la cara; Bob se estiró sobre la manta, utilizando su camiseta como almohada. La luz de las llamas brillaba sobre sus cuerpos blancos. Jim se tumbó junto a Bob.Sin embargo, esa experiencia parece haber tenido un significado distinto para cada uno de los amigos. Ford se enrola en la marina mercante y desaparece de la vida de Willard. Ni cartas, ni postales, ni besos en el aire. Willard es miembro de una familia disfuncional en la que se siente más o menos asfixiado; así que un día prepara los bártulos y se propone abandonar el pueblo en busca de su amante. Pero localizarlo no es una tarea sencilla, y a Willard se le presenta la ocasión de descubrirse a sí mismo. Por eso se trata de una novela de alumbramiento: porque el protagonista empieza a vislumbrar el sesgo de su verdadera identidad.
–Hace demasiado calor para estar luchando –dijo.
Bob soltó una carcajada y de repente lo agarró. Se aferraron el uno al otro. Jim era abrumadoramente consciente del cuerpo de Bob. Durante un instante hicieron como que luchaban. Después ambos se detuvieron. Sin embargo, siguieron agarrados, como esperando una señal para separarse o continuar. Pasó un buen rato y ninguno se movió. Sus suaves pechos se tocaban, mezclando su sudor, jadeando al unísono.
Willard desprecia a los homosexuales, a quienes considera nenazas degeneradas, y conjetura que su relación con Bob es... bueno, una cuestión estrictamente masculina. Pero las cosas cambian, cambian muy lentamente, y la renuencia inicial de Willard a mantener relaciones íntimas con otros chicos va cediendo el paso a una especie de áspero consentimiento. En Hollywood se empareja con un símbolo sexual de la época, una estrella de cine deseada por las mujeres de medio planeta, y con el transcurso del tiempo, sometido a la dolorosa ausencia de Ford, Willard se convierte en una zorra en toda regla. Y ésa es la historia: el apocado Willard se vuelve extremadamente promiscuo en su búsqueda sin cuartel del amado Ford.
El estilo narrativo es sencillo, casi aburrido, aunque según parece eso fue algo deliberado: Vidal pretendía conferir al relato una textura documental. Y vaya si lo consigue. Novela de fácil lectura, con multitud de fantasías sexuales comunes bien tramadas, aunque casi ni rastro de descripciones eróticas explícitas, con lo que ganamos todos. La ciudad y el pilar de sal fue un éxito de ventas en su momento, y un perfecto ejemplo de cómo la polémica puede resultar de lo más beneficiosa. Puedes comprar el libro en La Casa del Libro.
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