enfoque gay lo publicó el miércoles 24 de enero de 2007 a las 15:37 // Permalink

La mala fama de los bisexuales

bisexualesMe forjé muy precozmente una imagen mental de los bisexuales, y al cabo de los años, cuando empecé a relacionarme con personas que compartían mis inclinaciones afectivas y sexuales, me sorprendió que dicha imagen perdurara intacta en mi cerebro, como un bajorrelieve tallado en la superficie craneal. Recuerdo cierta noche, en una discoteca sevillana... Me encontraba apoyado contra una pared, cerca de la cabina del DJ y muy próximo a una de las sencillas columnas que delimitaban los márgenes de la sala. Delante de mí y a mi lado se situaban los cuatro miembros de una pandilla de amigos. Dos de ellos, un muchacho de facciones débiles, como amasadas sobre el resbaladizo lomo de una babosa, y otro de quien apenas me acuerdo, se daban el lote felizmente aislados del resto de la parroquia; los otros dos se mantenían erguidos a un palmo de mi nariz, intercambiando comentarios y tomándole la medida al surtido de carne joven que se exhibía en la pista de baile. El de la izquierda era bajo e insignificante, con una calvicie incipiente y patillas afiladas. Se movía sin demasiada gracia, ofreciendo ese perfil ligeramente arrogante, femenino e inofensivo, de los tipos con más carácter que cuerpo. El de la derecha, por el contrario, se ajustaba perfectamente a la imagen que de los bisexuales me había formado, y despedía un aura de procaz sexualidad. De hecho, era tan semejante a mi modelo mental, que en determinado momento sonreí con un perverso alborozo.

Perilla de vello negro bien recortada, cabello corto del mismo color, piel pálida y ojos castaños, una ligera capa de grasa bajo la piel y chaquetilla sin mangas. En términos generales, así es como fantaseé siempre que serían los bisexuales, tipos de entre treinta y cuarenta años dispuestos a meterse en cualquier cama y con unas gafas de sol apoyadas noche y día sobre sus rectas narices. Bigotes poblados y hombros anchos. El bisexual arquetípico, un sórdido reflejo de la zafiedad y una inclinación natural a la inmoralidad. Era, por supuesto, un prejuicio, y de los bisexuales que he conocido en persona, ninguno se ajustaba al perfil. Por poner dos ejemplos: uno de ellos era un tipo de unos veintiocho años, arrebatadoramente encantador y pizpireto, con sólidos motivos para sentirse atraído por ambos sexos: «no puedo resistirme a esa belleza». El tono en el que se expresaba, casi romántico, muy cortés y despojado de obscenidad, hacía que sonara tan convincente como una monja que mendiga dinero para los pobres a quienes maternalmente dedica su vida. Otro ejemplo: una chica francesa de belleza singular y agresiva, aficionada a los puros, una mujer fatal. Piel pálida, carácter fuerte, de una elegancia novelesca que fluía con naturalidad de sus maneras confiadas y firmes.

Uno de los tópicos infumables que la sociedad dedica a los bisexuales es el de que estos no dan la talla ni en un bando, ni en otro: pero el hecho de que llamen «bando» a un sexo quizá debiera hacernos desconfiar de quienes emplean este tipo de argumentos. Algunos gays cuestionan la moralidad de los bisexuales, posiblemente porque de este modo se sienten más seguros de sí mismos: afirman la naturalidad de sus propias inclinaciones por medio de esa oposición débil y prejuiciosa a los bisexuales. Suena bastante absurdo. Lo es.

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