Estrella del porno gay, muere

Vaya, informa
AmbienteG que el actor de cine adulto Brett Mycles murió a causa de un ataque cardíaco mientras dormía. Tenía 29 años y en su momento fue uno de los buques insignia de la productora Jet Set, que ya debe de estar habituada a este tipo de pérdidas. Otro de sus rostros más significativos, Dante, murió a los 24 debido a un aneurisma cerebral, aunque esto sucedió allá por el 2002. Más recientemente, el actor gay
Rocky falleció a causa de un cáncer relacionado con el SIDA, como publicó Enfoque Gay en su momento. Igualmente dramática fue la muerte del influyente director y productor de cine para adultos Bryan Kocis,
cuyo asesinato suscitó hace pocas semanas un encendido debate sobre las causas del homicidio, así como sobre los posibles sospechosos. // Más noticias sobre la industria del porno gay,
aquí; más información sobre el
«caso Kocis», relacionado con diversas personalidades del negocio del sexo,
aquí.
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Gay Simpsons

El pasado 24 de febrero publiqué una entrada sobre
personajes gays en Los Simpsons, y en los dos episodios emitidos esta noche hemos asistido a otro par de curiosas revelaciones. Por lo visto, Waylon Smithers alberga más de un secreto relacionado con su sexualidad: que es gay y anda enamorado del señor Burns lo sabíamos todos, la novedad reside en que parece interesado en recibir algún tratamiento hormonal para desarrollar su faceta femenina, por así decir. Mientras tanto, descubrimos también que el actor de acción en horas bajas
Rainier Wolfcastle, más o menos inspirado en el actual Gobernador de California,
Arnold Schwarzenegger, rodó películas pornográficas homosexuales en su juventud. Qué cosas...
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Gay marine

Recuerdo un divertido episodio de
Los Simpsons en el que Homer decidía alistarse en la marina estadounidense a la vez que Bart se ponía un pendiente en la oreja siguiendo una súbita moda escolar. Durante la entrevista de reclutamiento, el encargado entregaba a Homer un pliego de preguntas, una de las cuales había sido tachada. Sin embargo, Homer hizo el esfuerzo, cosa rara en él, de ver lo que había debajo, y descubrió que la cuestión emborronada hacía referencia a la orientación sexual del candidato: «¿Es usted gay?», decía el vergonzoso apartado.
He recordado ese capítulo mientras leía una noticia sobre el primer soldado norteamericano herido en la Guerra de Irak. Se llama Eric Alva, perdió una pierna,
que hoy sustituye una prótesis, y acaba de salir del armario. La imagen que acompaña a esta entrada corresponde al rostro de Alva, que estaba destinado en misiones de logística del cuerpo de marines cuando sufrió la explosión de una mina, si no lo he entendido mal.
Alva está luchando por la abolición de política «
Dont’s ask, don’t tell» (No preguntes, no lo digas) que rige hoy la relación de gays y lesbianas con la Armada de Estados Unidos. Instaurada por Bill Clinton durante su primer mandato, consiste básicamente en que los miembros del ejército mantendrán la boca cerrada sobre su orientación sexual, mientras que el ejército no realizará ninguna averiguación al respecto. Es obvio que por este motivo comencé el presente post con aquella alusión a la pregunta tachada de
Los Simpsons. El
convincente argumento de Alva sobre este asunto es, por un lado, que él se alistó en la Marina para luchar por la libertad de todos, no solo los GLBT, y por otro, que la actual Guerra de Irak necesita de hombres y mujeres capacitados, y que no tiene sentido discriminar a ningún ciudadano en posición de defender a su país. Como se ve, los motivos son dos, uno de naturaleza moral, y otra de naturaleza práctica.
Por cierto, no había pensado hasta ahora en qué duchas deberían asearse los gays: los hombres podrían sentirse incómodos, las mujeres podrían sentirse excitadas, y entre los propios gays podrían... bueno, podrían organizar una orgía militarista a la que vosotros, lectores con inclinaciones poco nobles, pagaríais por asistir... En lo que a mí concierne, cuando, en mi época de educación secundaria, compartía aseos con otros chavales, aquello era cualquier cosa menos excitante.
También desde Estados Unidos llegan noticias --en realidad no llegan, acudo y las recojo-- sobre la alusión de Ann Coulter, la polémica escritora conservadora a quien mencionaba hace un par de días, a John Edwards, el segundo de abordo en el equipo del derrotado John Kerry, como «faggot», «maricón». Andrew Sullivan, conservador, católico y gay, escribe
un interesante post respecto a este asunto. No obstante, me temo que yo no lo tengo tan claro como él; de hecho, y pese a lo que uno podría pensar en un primer momento, no lo tengo claro en absoluto. Pensaré en ello.
Cambiando de tema, y aunque sé que la siguiente noticia es más vieja que el odio, esa estimulante emoción, me parece una curiosidad que merece ser reproducida a lo largo del espacio y del tiempo, como los grandes poetas y los hombres guapos: eternos. ¡Juas! Sobre John Travolta, antes marcado con el sello de
Fiebre del sábado noche y hoy con el de la Iglesia de la Cienciología, ha recaído siempre la alargada sombra de la homobisexualidad. Ciertamente, la imagen que acompaña a estas líneas no hace mucho por resolver el misterio. Feliz fin de semana,
babies....
Posdatas: está siendo un invierno curioso, con mucha niebla y casi cálido. De hecho, en este momento hace calor: verano, verano. Anoche terminé de leer
Los Borgia, de Mario Puzo, y, como me ocurre cada vez que finaliza mi camino, un viaje romántico, épico, lo que fuere, sentí la presión de las lágrimas en el fondo de los ojos. Quizá sea un romántico, después de todo...
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Gay rumpy-tumpy
Lo último que desearía sería frustrar vuestros sueños, pero una vez más me ha tocado llevar a cabo el trabajo sucio y me propongo hacerlo con la mayor dignidad. Una incisión profunda y limpia, así, muy bien, y asunto concluido. ¿Soñabas con ser un guionista ítaloamericano y gay en Hollywood? Pues ¡despierta! Ese papel ya está pillado por
Greg Berlanti, el tipo de la foto. No está mal, ¿verdad? Tan cierto como que la envidia os corroe. La meca del cine está repleta de hermosos rostros a los que nadie con el sentido de la belleza lo bastante desarrollado renunciaría a acariciar, y escribir guiones es un medio tan bueno como cualquier otro de rozarse inopinadamente con ellos. Un movimiento suave, eso es, ¿quién sabe?, puede que ésta sea tu noche de suerte, muchacho. Greg Berlanti cuenta unos 35 años, ha escrito el guión de algunos episodios de
Everwood y ahora está enfrascado en una nueva serie,
Brothers & Sisters, en la que hay cabida para, al menos, un homosexual interpretado por un tal
Matthew Rhys. Lo saco a colación porque
primero AfterEllen.com, y
a continuación Logo Online publican la misma entrevista a Berlanti; es muy interesante y trata una amplia variedad de asuntos, desde cuestiones personales, como por ejemplo la manera en la que el guionista/ productor/ director se abrió camino en la devoradora industria del espectáculo, hasta la inclusión de personajes gays en series de televisión. Me ha parecido especialmente revelador lo que Berlanti manifiesta en relación con el tratamiento de la homosexualidad en la era post
A dos metros bajo tierra: ahora constituye un compromiso con la dignidad exhibir a gays y lesbianas en el mismo nivel de verosimilitud que a cualquier hetero.
Conque guionistas gays, ¿eh? De pronto me vienen a la cabeza Darren Starr, de
Sexo en Nueva York y
Melrose Place, y Alan Ball (oh, tío,
cómo te odio), de
A dos metros bajo tierra y
American Beauty. Hollywood, mundo del espectáculo, estrellas de cine, egos inflamados y fiestas que se prolongan durante 3 días. Monstruos, habéis destrozado nuestras vidas...
Qué tiempos aquellos en los que
Melrose Place daba cancha a un personaje homosexual, un rubito pálido, blandengue y romanticón que en nada se parecía a la imagen mental que uno se había creado del gay angelino. El actor que lo interpretaba, Doug Savant, anda metido a día de hoy en
Mujeres desesperadas. Bastante menos atractivo era Stanford, de
Sexo en Nueva York, aunque tenía gracia y picardía. El mejor amigo de Carrie Bradshaw sufrió, como todos, un par de disgustos amorosos y ciertas frustraciones, ¡pero es que miraba sólo a los más guapos! Pensándolo bien, me recuerda al hermano de una chavala a la que conocía; el muchacho no era precisamente una belleza, y se empeñaba en que le presentáramos a los bombones más dulces de la discoteca. Si la memoria no me es infiel, ninguno picó. No obstante,
Stanford Blatch/ Willie Garson se agenciaba a un quesito, un tal
Marcus/
Sean Palmer, bailarín de profesión en la vida real, que había trabajado de chapero. Qué–fuerte, tía.
Ciertamente, como afirma Berlanti en la entrevista a la que aludía al principio de la presente entrada,
A dos metros bajo tierra constituyó un verdadero aldabonzazo y obligó a todos los productores... o, al menos, a aquellos con ganas de hacerse respetar... a proyectar a los personajes homosexuales de un modo más maduro. La verdad es que no seguí la serie de principio a fin --la inestabilidad de los horarios tanto de A dos metros como los míos propios frustraron nuestra feliz relación--, de modo que no conozco el viraje moral completo del personaje gay,
David Fisher, pero conservo una parte en la memoria. De hecho, fue David el cebo que me mantuvo sujeto a la serie durante los primeros capítulos, y es que ver reflejado en la pantalla a un gay conservador me llenó de gozo. Mi gozo en un pozo, sin embargo, cuando su vida se convirtió en una película porno, con felaciones improvisadas con un fontanero incluidas. Quién te ha visto y quién te ve, colega. Ese concepto de «pareja abierta» tampoco tiene buena fama en mi cabeza, de modo que supuso otra pequeña decepción. David pasó de rogar fervorosamente a Dios para que le ayudara a aceptarse tal y como era, a convertir la sexualidad en un juego de mesa. No obstante, al mismo tiempo la superdotada novia de
Nate,
Brenda, se despojó de su traje de virago y se volvió un poco más conservadora, por así decir, aunque «contenida» sería una palabra más
ajustada.
Qué curioso cómo han ido cambiando los papeles gays a lo largo de los años. Otro ejemplo saludable es
Will & Grace, que no solo era auténticamente desternillante, con mi inolvidable
Karen Walker a la cabeza, sino con un protagonista, Will, que no sólo era gay, sino también perfectamente funcional. Y no es que su vecino y sin embargo amigo no fuera un hombre capaz, pues comparto su pasión por Cher y eso lo respeto por encima de todo, nunca podría criticar a un colega... pero, bueno, dejémoslo en que quizá Jack debería sentar cabeza. En todos los sentidos.
Aquí en España, mientras tanto, tenemos a ese muchacho de
Motivos Personales.
Jan Cornet. Muy mono, sí señor. Muy mono.
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Visita a una asociación gay

Frisaba en la cuarentena, era atractivo y la última vez que lo vi había iniciado una relación con un guapo muchacho, casi un efebo, tal y como yo lo recuerdo, con quien no hice buenas migas cuando me lo presentó en una decadente discoteca de ambiente. Sin embargo, a aquel tipo yo lo había conocido varios meses atrás, y cierta noche, sobre la que escribí
una entrada en La Máquina Bones hace la tira y tres cuartos, me confesó que, tras separarse de su esposa y acudir a una asociación de activismo gay en busca de consejo para reconducir su vida, recibió la recomendación de asistir a una sucia discoteca sevillana, tomarse una copa y practicar sexo con algún ligue improvisado. Interesante forma de introducirse en la procelosa vida homosexual: el sexo como vía de iluminación. Si lo que esperabas de la existencia gay era amor y estabilidad emocional, ¡despierta!, más te vale hacerte a la idea de que nada de eso está al alcance de la mano. Tal es, al menos, la conclusión que uno sacaría de la primera incursión de un nuevo gay en el terreno del arco iris.
Por supuesto que no puede inferirse una regla infalible a partir de la anécdota, a pesar de que la experiencia cotidiana pone los puntos sobre las íes y te hace madurar a hostias, pero es real y quizá deberíamos tenerlo en cuenta.
Mi primera visita a una asociación militante GLBTHIJK fue fruto de algún ruego, promesas medio incumplidas y una larga espera. Una amiga lesbiana me había pedido que la acompañara a su cita con una de esas reuniones; ella había acudido previamente a la sede de la asociación para aclararse las ideas, y el día señalado nos reunimos para poner rumbo en su coche a la Casa de la Sirena de Sevilla, en la Alameda de Hércules, lo más parecido a un barrio gay, como por ejemplo Chueca, que uno va a encontrar en la capital hispalense. No hay nada interesante que decir, y eso es lo bueno: allí encontramos todo tipo de personas, con todo tipo de empleos y de todas las edades. Adolescentes, cuarentonas, veinteañeros, hombres, mujeres, gays, lesbianas. Homosexuales, bisexuales, transexuales, informáticos, pintores, estudiantes, maestras, etc. Desde entonces pienso que, dejando un lado la penosa experiencia del tipo con la que comenzaba este post, acudir a una asociación de esta clase es un modo fantástico de empezar a relacionarse con otros homosexuales cuando uno no sabe por dónde meter mano. Además de la ventaja más obvia, la que acabo de mencionar referente a la variedad de personas que uno conoce, uno cuenta con que es muy posible que se encuentre con personas en su misma situación, un poco perdidas pero deseosas de aclararse las ideas e, incluso, comenzar una nueva vida. Así pues, las asociaciones GLBT no juegan solo el papel del activismo social, sino que también ofrecen a gays, lesbianas, bisex y trans la posibilidad de comprobar que no están solos. El trato, por cierto, suele ser muy amigable, dado que la mayoría de los asistentes conoce la desorientación que a menudo acompaña la vida de un homosexual que no ha comenzado a relacionarse con otros homos. En fin, un pequeño consejo para lectores desorientados. Por si fuera poco, es un buen medio de conocer compañeros de fiesta y, ¿por qué no decirlo?, amantes, ligues y parejas. Ay, Señor, la vida gay...
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Víctima de agresión, muere

El pasado 23 de febrero
publiqué la siguiente entrada: //
LOGOonline.com : News : Homophobic Attack Leaves 72-Year Old Paralyzed: "(Detroit, Michigan) Detroit police are appealing for help in finding the man who beat a 72-year old man senseless leaving him paralyzed and barely able to speak." Corresponde a una noticia que se repite. A un tipo de 72 años lo dejan paralizado de cuello para abajo, y con habla limitada, de un golpe en la cabeza mientras regresaba a su casa en la ciudad de Detroit. Según parece, se trata de un ataque movido por los prejuicios, pues previamente el presunto agresor habría preguntado a la víctima si era gay mientras viajaban en transporte público.
Pues bien, la víctima
murió finalmente. Dios lo guarde y, por supuesto, la justicia tome cartas en el asunto. Según entiendo, en Estados Unidos, pese a toda la propaganda en contra, el sistema penal resulta bastante eficaz: un asesinato se paga como un asesinato, y no como el robo de unas pilas alcalinas. Ya veremos.
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Gays, católicos, heteros pro gays y madres heteros católicas de gays

Hace semanas que tengo intención de escribir una semblanza del influyente blogger neoyorquino de origen británico Andrew Sullivan. Sus columnas en Internet son leías, comentadas, reproducidas y citadas por centenares de miles de personas. Aunque formó parte de la plantilla del
Time Magazine durante una larga temporada, recientemente levó anclas y
puso rumbo a The Atlantic Monthly. Sullivan es gay, VIH positivo, libertario–conservador y forma parte de la tribu homosexual de los osos, ya sabéis, esos tipos fornidos y peludos. Asimismo, Andrew Sullivan es católico practicante. Interesante combinación, ¿cierto? Pero la verdad es que la entrada que tengo entre manos no situará el foco en Sullivan, sobre quien discurriré otro día, sino sobre la homosexualidad y el catolicismo, esa orientación/ convicción que tantos quebraderos de cabeza causa a algunos gays conservadores. No obstante, antes de continuar debo decir que no voy a entrar de nuevo al trapo de si es posible ser cristiano y gay, pues esa cuestión está superada y la
he tratado varias veces
con anterioridad aquí, en
Enfoque Gay. Tan sólo quiero poner un par de ejemplos y, para ser honestos, completar el post diario, pues hasta hace un cuarto de hora no tenía la menor idea sobre qué asunto escribir una entrada.
De modo que ahí tenemos a Sullivan, con su éxito, su fe, sus contradicciones y, presumiblemente, la complacencia que la religión y la asunción de su naturaleza deben de proporcionarle --en realidad me estoy limitando a realizar un juicio de valor; la verdad de su vida interior, a él le pertenece y sólo él la conoce--. Una prueba más, y van mil, de que uno puede tener, e incluso practicar las convicciones que le vengan en gana. El caso es que su rostro ha asaltado mi dura cabezota esta misma noche mientras echaba un vistazo a diferentes portales GLBT a lo largo de Internet. Casi todos son americanos, pues sufro una especie de fijación romántica con ese país, y casi todos publican algún que otro artículo sobre los conflictos religión/ sexualidad. Y es que cuando esas palabras se sitúan en la misma frase, saltan chispas. Especialmente en los USA, cuya vida cotidiana parece estar plagada de elementos religiosos, pero también aquí en España, como puede comprobarse consultando blogs al azar: más o menos profusamente, cada uno dirige la mirada,
y bastante a menudo litros de rencor, hacia la religión. Como escribía un usuario hace unas horas en AmbienteG, causa un cierto hartazgo que uno deba andar justificándose todo el tiempo respecto a la fe, cuando se halla en compañía de gays, y sobre la religión, cuando la compañía está formada por religiosos o conservadores. Recuerdo cierta ocasión en que hice alguna alusión inofensiva al catolicismo en compañía de mi pandilla de la época, allá en Sevilla, y cómo uno de los muchachos puso cara de espanto y me preguntó si yo era católico; me limité a responder que no, es decir, la verdad, pero me abstuve de enseñar los dientes e iniciar una de mis discusiones sobre mi derecho a creer lo que me salga de los flufis (shhh...) sin tener que, por un lado, justificarme, y por otro, soportar las miradas de suspicaz condescendencia de esas altas dignidades morales. El chaval en cuestión, por cierto, era el mismo de quien hablaba en la discutida entrada sobre los cuartos oscuros, que me asquean hoy tanto como ayer, y a su vez era el mismo que insistía en que me enrollara con él y, ya más tarde, en que me pusiera de rodillas. Alta dignidad moral, espero que el sarcasmo no haya pasado desapercibido.
En fin,
Anne Rice, la escritora de novelas sobre vampiros, ha retornado ruidosamente a la fe católica, aunque, como tantos otros, lo hace a su manera, planteando su fe como una relación íntima y divina, por un lado, y social e institucional, por otro. Me refiero a que aunque su fe parece ser lo bastante explosiva y firme como para animarla a renunciar a los temas clásicos de su obra, para dedicar toda su habilidad literaria a la Gloria del Señor,
deja un resquicio suficiente para defender los derechos de los homosexuales, por ejemplo. Y es que su hijo,
Christopher Rice, lo es. Sin embargo, no conozco las convicciones morales del propio muchacho, quien, dicho sea de paso, también es escritor. (Su novio,
Brian Orter, es fotógrafo; los aficionados a los chicos guapos estilo
stud quizá quieran echarle un vistazo a su trabajo.)
Ardillita, ardillita, debes de haberte ido por las ramas una vez más. La entrada es ya demasiado larga. La seguiré en otra ocasión, pero antes de poner el punto final quiero añadir un par de cosas. Una de ellas, pensando en REM, no sé si lector y no sé si inconstante de Enfoque Gay: chaval, tu adorado
Leo Dicaprio tiene todo tipo de amistades. No es algo que me impresione, pero está bien saber que los astros a veces dan una oportunidad a los pobres mortales. Por otro lado, una golosina para los aficionados a los comics: 365gay.com publica quincenalmente
una tira protagonizada por Troy, un guapo aspirante a actor gay que reside en la ciudad de Los Ángeles. Las tiras no son la pera, pero algo es algo. Si había algo más en mi cabeza, en este momento debe de haber quedado reducido a cenizas...
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Gala de los Oscars con G de Gay
Este año, como el año pasado y, de hecho, como los 26 últimos años, no he seguido la gala de entrega de los Oscars. Peor aún, ni siquiera sé muy bien quiénes han ganado qué estatuillas, todo lo cual me sitúa en la mejor posición para afirmar que ha sido ésta la celebración más gay de toda la historia. Incluso más que aquella en la que Ian McKellen, el tipo de
El señor de los anillos, acudió en compañía de su novio, Nick Cuthel, varias vidas desperdiciadas más joven que él. El chico ofrecía ese aspecto apuesto y un poco peludo por el que siento un respeto tan profundo, y se rumoreaba que si el mozo pasaba el brazo por la cintura de McKellen era para disfrutar de las mieles de Hollywood, pero no soy quién para cuestionar el amor de una pareja. Y si dudo, aunque solo sea por un segundo, de los motivos del modelo para satisfacer las necesidades afectivas de McKellen, que me haga rico como por ensalmo en este mismo momento.
Leo en AmbienteG que Melissa Etheridge gana un Oscar por la canción de la película de fantasía
Una verdad incómoda, y que le endilga un beso a su novia, Tammy Lee Michaels. Bueno, eso es bastante gay, sí. Un punto. La anfitriona de la gala fue Ellen DeGeneres, una reconocida lesbiana que piensa que Penélope Cruz es mejicana, lo cual suma otro punto; sin embargo, el error en cuestión resulta muy poco gay, ya que la Cruz, la ex de Cruise, de Damon, de McConaughey y de todos los demás, procede del país de Ibiza, las Canarias y Sitges. No obstante, todos sabemos que Penélope Cruz es una especie de musa gay, lo cual suma punto. Por otro lado, la mitad de los guionistas de Hollywood son gays, lo que equivale a otro puntito, al que debemos sumar inmediatamente el punto referido a Jack Nicholson, un hombre de edad avanzada con gafas de sol y expresión lascivo–perversa: si lo embozamos en una camisa hawaiana y lo abandonamos a su suerte en las festivas playas de Miami, resultaría bastante gay.
Sin embargo, la galardonada con el Oscar a la mejor actriz de reparto, Jennifer Hudson, hizo juegos malabares para compatibilizar su fe cristiana con el respeto a los homosexuales, y eso resta punto. Punto que se recupera gracias a que Dios es grande, como sin duda la chica atestiguaría, así que ni fu ni fa.
El premio a la mejor película fue a parar a las manos del productor de
Infiltrados, que está protagonizada por Leo Dicaprio, leyenda gay, lo que suma 1 punto. Al Gore subió al estrado y recibió una ovación de un público mayoritariamente demócrata. Fue un aplauso decididamente gay, así que... punto arriba. Gore es familiar del escritor Gore Vidal, gay, lo que añade 1 punto, y dado que Vidal escribió la novela de temática gay
La ciudad y el pilar de sal, eso supone un punto adicional. Puesto que
realicé algunos comentarios sobre dicha novela en este blog, que está relacionado con temas gays y
tiene una opinión muy poco benéfica sobre los cuartos oscuros, eso supone punto. Dado que yo mismo soy gay, pienso que agregar 1 punto estaría plenamente justificado. Por cierto que el ex vicepresidente Al Gore subió al estrado no solo para poner de manifiesto que Hollywood tiene fuertes inclinaciones políticas, sino también a causa de esa película suya,
Una verdad inconveniente, que está dirigida por David Guggenheim, esposo de Elizabeth Shue, hermana de Andrew Shue, que trabajó en la teleserie
Melrose Place, en la que había cabida para un homosexual bastante blandengue, lo que vale por, digamos, un punto.
En fin, podría seguir con mi lista de puntos hasta el infinito y más allá para demostrar que la gala de este año ha sido la más gay de todas las celebradas jamás, pero pienso que ya he aportado pruebas suficientes que apoyan mi teoría. Gracias por su atención y hasta el próximo año. Punto.
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Cal sin G de Gay

Uno nunca sabe cuándo va a ofender a un lector. De hecho, uno ni siquiera sabe si tiene lectores, ¡al menos hasta que se enfadan y se proponen ponerte los puntos sobre las íes! Puede que lo consigan, o tal vez no, decidirlo es complicado, claro, así que te sientas con cara de santo frente al monitor de tu computadora, colocas las manos sobre el teclado y empiezas a escribir un texto del que seguramente te avergonzarás en 24 horas. ¿24? Bonita cifra, un número tan bueno como cualquier otro, pero la verdad es que mi media de arrepentimiento se reduce a los 40 minutos. Así que, antes de que la duda sobre la conveniencia de publicar el texto que estoy redactando en este momento se instale en la superficie de mi cerebro, pondré la vista y la polémica en Ann Coulter, la estrella mediática norteamericana. Coulter es conservadora, muy conservadora. Y republicana, muy republicana. Delgada y rubia, posee un cierto atractivo que muchos adversarios ideológicos tal vez desearían malograr a base de cuchillas, de modo que Ann Coulter pareciese más bien Ann Sin Rostro, el famoso personaje de cuento de terror*. La saco a colación porque la Coulter afirmó, respecto a la relación de los
liberals (progres) americanos con los gays: [Anotar cita literal.] [*Ese personaje no existe; es sólo que necesitaba compensar el tamaño de la frase.]
No estoy seguro de qué estímulo ha traído el rostro y la cita de Ann Coulter a mi cabeza, pero bien está. El caso es que tengo en mente a, por un lado, determinado tipo de homosexuales, y por otro, determinado tipo de modernillos; el factor común es el vicio de utilizar la homosexualidad como arma arrojadiza. Y no me refiero solo a que da igual cuál sea el problema... si la víctima es gay, se trata de un caso claro de homofobia, disipando de este modo toda la eficacia que ese argumento, un tanto sobado, manipulado, exprimido y machacado, pudiera tener. ¡Soy gay, abrid paso! A estas alturas, incluso las mujeres embarazadas y los ancianos deberían abandonar los asientos en el transporte público en favor de los gays. ¡Ups!, vaya, vaya. No es una idea políticamente correcta, ¿verdad? Supongo que no, pero ése no es mi negocio. En este momento mi intención es señalar con dedo recto a todos esos farsantes que parecen decididos a convertir la homosexualidad en una tara emocional, moral y social. Sin embargo, no es esto lo que quería decir: la ardilla ha vuelto a irse por las ramas.
La cuestión es que el segundo o tercer mayor problema derivado de ser gay no es que un heterosexual piense que el sexo es un instrumento puramente biológico, ni que un bloguero opine que no se es lo bastante buen gay hasta que te das una vuelta por un parque público en busca de sexo, sino que un activista de los derechos de los homosexuales, o el amigo de un activista de los derechos de los homosexuales, te acuse de ser un gay enclaustrado. Ya sabéis, ese sacerdote es gay, así que mejor se calle. O dicho de otro modo: ¡ES GAY! ¡QUE SE CALLE!
A grandes figuras de la vida pública española, especialmente de la vida política y de la escena religiosa, se las acusa de ser gay. Algunas revistas de gran relevancia --por lo menos comercial-- incluso lo sugieren abiertamente con composiciones fotográficas en portada demasiado obvias para que pasen desapercibidas. Y la idea es que, si se trata de gays o incluso bisexuales, esos grandes olvidados, entonces
no... tienen... derecho... a... opinar. El argumento es absurdo, por no decir que carece de sustancia. Me refiero a que, ¿qué problema hay? Si un tipo es gay y ha decidido que pasa del tema, ¿por qué habría de autoexcluirse de un debate que, al menos en apariencia, sacude vigorosamente a la sociedad? Cierto humoristas televisivo bromeó en una ocasión sobre cómo la conferencia episcopal era un nido de homosexuales. Incluso si así fuera, ¿es eso una acusación formal? ¿Determinados hombres no tienen derecho no ya a ser homosexuales, sino a renunciar a esa vida en favor de, digamos, sus ideas morales o religiosas? He hecho alusión a lo que yo llamo «homofascismo» en varias ocasiones previas en el blog, y cada vez estoy más convencido de que se trata de una teoría sólida, con tantos ejemplos que la refrendan que ni siquiera merece la pena esforzarse en desarrollarla. Y si alguien piensa que me equivoco, bueno, soy gay: ¿cómo podría cometer ningún error?
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¿Gay + cuarto oscuro = 4?

¿Cuál es la relación...? Quiero decir que... bueno, acabo de engullir un delicioso emparedado de salchichas y cebollas fritas aderezado con queso, ketchup y mostaza, uno de esos explosivos sándwiches que rezuman salsa en cuanto aplicas el diente, y ahora me propongo escribir un post sobre los cuartos oscuros. Así que mi pregunta es, maldita sea, ¿cuál es la relación? Diablos, ¿es que nadie tiene intención de ofrecerme una jodida explicación sobre...
cuál es la relación? ¿Salchichas, falos, salsas? No lo creo; soy un buen muchacho, mi pobre cerebro no funciona de ese modo. De acuerdo, me doy por vencido, pero estoy dispuesto a llegar hasta el fondo del asunto. Como premisa, una rápida definición de «cuarto oscuro»: se trata de salas desprovistas de luz a las que algunos homosexuales acuden para mantener relaciones sexuales anónimas. No obstante, es relativamente frecuente que los usuarios de ese tipo de servicios utilicen mecheros, o incluso las pantallas de sus teléfonos móviles, para echar un vistazo a la mercancía... no sea que forniquen con un tipo más feo de lo que podrían permitirse a plena luz del día.
Internarse en las sombras de un cuarto oscuro es a menudo parte del aprendizaje de cualquier homosexual decidido a dejarse ver en el ambiente, aunque ciertamente no todos estamos dispuestos a bajarnos los pantalones en ese tipo de sitios. De cualquier forma, es más o menos frecuente escuchar anécdotas de lo que le sucedió a uno la primera vez que franqueó La Puerta, y recuerdo perfectamente la primera vez que alguien me contó, o más bien le contó al tipo que luego sería su novio conmigo delante, su pequeña experiencia. No es que fuera muy divertida, pero al menos resultaba inofensiva y libre de la sordidez que uno daría por supuesta. El caso es que el chaval en cuestión, estudiante jienense en la capital sureña, había visitado en compañía de sus amigos el cuarto oscuro de una discoteca sevillana, y en un determinado momento un miembro de su pandilla se atrevió a encender un mechero: descubrieron así que un tipo los observaba desde un rincón. Bien, la llama se apagó, o la dejaron apagarse porque la ruedecilla empezaba a quemar, y al cabo de unos segundos volvieron a poner luz en las tinieblas. El tipo había avanzado, sin dejar de contemplarlos con ese interés lascivo tan fácil de identificar. La escena se repitió un par de veces, hasta que la última tenían al depredador enfrente, momento en que se dieron a la fuga. Mi caso no fue mucho más interesante, pero en fin... ahí va. Nos encontrábamos en la discoteca
Ítaca, uno de los locales más siniestros de la escena gay sevillana, sentados en los bancos de la sala exclusiva para varones. En determinado momento, uno de los chicos decidió que había llegado la hora de echar un vistazo al cuarto oscuro, de modo que se incorporaron y pusieron rumbo al
terrible paraíso, ubicado a unos tres metros a nuestra derecha. Yo permanecí fuera, un tanto asqueado y manteniendo las formas, hasta que los chavales que me acompañaban en la sala decidieron internarse también en la bruma; y, puesto que no me apetecía permanecer solo en aquella repulsiva penumbra, me avine a seguirlos. Formábamos una fila india e íbamos agarrados de la mano. Dentro: oscuridad, risas, mecheros, y unos dedos lánguidos que me acariciaban los genitales sobre la tela vaquera. Yo, pensando que se trataba de una broma de mis colegas, la aparté sin darle importancia. Pero ella volvió. En esta ocasión, un poco suspicaz, la rechacé con fuerza, y ya no regresó.
No recuerdo si fue esa misma noche cuando un miembro de mi pandilla, quien me había llegado a atraer en algún momento, justo al conocerlo, nos animó a que diéramos una vuelta por las distintas salas del Ítaca. Aquella noche el muchacho había llegado al lugar donde nos habíamos citado con un débil pretexto para convencernos (convencerse) de que había roto...
en cierto modo había roto... con su novio, un chaval por el que siempre me sentí incapaz de sentir el menor aprecio. El caso es que no necesité darle demasiadas vueltas al asunto para comprender que el pollo tenía intención de practicar sexo a toda costa, y que la patraña que nos acababa de contar no era más que una forma de reafirmar su inocencia ante sí mismo y ante el resto del grupo: a fin de cuentas, si había roto con su media naranja --aunque sólo fuera
parcialmente--, tenía todo el derecho del mundo a mantener relaciones sexuales con quien le diera la gana. Y nosotros lo acompañaríamos en su caza. Más tarde, en el cuarto oscuro, rechazó a un chaval no del todo mal parecido que vestía una amplia chaqueta de cuero, justo después de intercambiar una mirada llena de intenciones . La escena me pareció completamente ridícula en su momento, y la verdad es que mi opinión no se ha alterado un ápice con el paso de los años. Finalmente, una vez hubo decidido que la carne no le convencía, subimos a las cabinas, donde yo mismo tonteé un poco con él. No es que me avergüence, pero fue una estupidez por mi parte, incluso aunque de hecho no llegamos a ninguna parte: yo no estaba dispuesto a hacer lo que él me pedía (para no quedar como un estrecho, lo que hice fue pedirle que a cambio me hiciera él a mí otra cosa, algo excesivo, previendo que se negaría).
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Leyendo los blogs diseminados por Internet, y escuchando la opinión de colegas y demás, a veces tengo la sensación de que utilizar este tipo de servicios, por llamarlos de algún modo: cuartos oscuros, cabinas, baños públicos, parques, saunas, etc. constituye una especie de obligación fáctica y moral de todos los gays. Si debo ser honesto, me parece una pena y, por qué no decirlo, un verdadero asco. Se trata una vez más de admitir una especie de homogeneidad ética y conductual de todos los homosexuales, actitud no muy distinta de la de quienes nos convierten en ateos, en feos, en izquierdistas o en vaya uno a saber qué cosa (hace un tiempo publiqué una entrada relacionada con este asunto,
Gays, mitos e ideas maléficas, donde ofrecía una lista de mis prejuicios favoritos). Mi idea, sin embargo, es la siguiente:
no existe prueba científica alguna que relacione el ADN gay con los cuartos oscuros. Por supuesto, estoy abierto a la posibilidad de cambiar de opinión, si alguien brinda pruebas de que me hallo en un error; pero, ciertamente, albergo serias dudas sobre que algo así vaya a ocurrir.
Etiquetas: ambiente, anécdotas, personal
Sevilla Gay: El Barón Rampante

Hoy domingo es mi día libre en
Enfoque Gay, de modo que publicaré tan sólo una entrada que escribí hace ya un tiempo. // Situado junto a
El Bosque Animado, comparte con éste buena parte de la clientela gay sevillana. Sin embargo, existen entre ambos diferencias suficientes para que cada uno tenga su propio público e identidad. Para empezar, El Barón Rampante es algo más amplio que El Bosque, aunque ciertamente nadie lo confundiría con una pista de baile, con una amplia barra interior en la que sirven camareros de aspecto alternativo. ¿Cómo no? El Barón es un local alternativo en un escenario de por sí bastante excepcional. Los hippies, los modernos, los greñas, los rojos y los directores de cine acuden ahí. Si el ambiente sevillano está repleto de caras conocidas procedentes de la televisión --a veces se tiene la sensación de que en los informativos están excluidos los heteros--, El Barón Rampante concentra la mayor densidad de famosos de cierto postín, como por ejemplo directores de cine españoles galardonados con el Óscar y escritoras feministas adictas al Prozac. No hay que ser un lince para ponerles nombres, ¿eh? :)
Al igual que El Bosque Animado, cuenta con mesas y sillas del peor gusto desplegadas en la fachada, y las noches de los fines de semana aquella callejuela se transforma en una galaxia de chaquetas de cuero, musculatura forjada en gimnasios, veinteañeros irresistibles y perfumes caros. O esa impresión tengo yo. Pero es que he sido siempre un hombre muy
sesgado.
Etiquetas: ambiente, sevilla