Una de teleseries gays

No me gusta
Queer as folk. De hecho, me aburre y la detesto. La encuentro mediocre, contradictoria e incapaz de sostener la intriga ni el interés durante cinco minutos seguidos --sobre todo en las escasas escenas en las que no insertan primeros planos de un trasero masculino, todo sea por avivar las brasas en la entrepierna del espectador--. Ni que decir tiene que estoy al corriente de las pasiones que esta teleserie
emitida en España por el canal Cuatro despierta entre muchos televidentes, y albergo mis sospechas de que mi pequeño desahogo, el de manifestar que
Queer as folk me parece un tostón mal tramado, me deparará el odio eterno de algún que otro lector (si Enfoque Gay tuviese lectores).
Es muy común que los espectadores decepcionados con
QAF justifiquen su desinterés con el argumento de que la serie ofrece una visión sesgada de la vida homosexual. No discuto la solidez de ese motivo, por supuesto, pero a menudo las series de televisión, por motivos tanto comerciales como morales, planteen la realidad desde un número limitado de puntos de vista. A fin de cuentas se trata de ficción, y nada obliga a los guionistas y productores a realizar un retrato sociológico de todas las variantes existentes de la conducta humana. (Esa premisa encierra una pequeña trampa, como se verá más adelante.)
Lo que me disgusta de
Queer as folk es que, sencillamente, no me creo las historias que cuentan; y en las ocasiones en que les concedo el beneficio de la duda, ellos narran la misma historia que se ha tratado ya mil veces, pero sin la sensibilidad y el talento desplegado por otros. En fin, supongo que ahí está el meollo: carecen de la habilidad necesaria para describir con autenticidad la conflictiva vida de un conjunto de personajes, como cuando se esfuerzan en conferir fuerza dramática a Brian, uno de los promiscuos protagonistas, describiendo a su disfuncional familia. La idea sería la siguiente: dado que el muchacho proviene de un hogar mal avenido, con un padre homófobo, alcohólico y chulesco, él se muestra incapaz de forjar una relación estable en su edad adulta. Es, además, un chulazo de tres al cuarto, lo bastante bien descrito para cautivar a adolescentes impresionables --gracias a su efectismo--, pero con insuficiente consistencia moral para soportar un juicio un poco menos complaciente. Mal asunto. Su afición al sexo disoluto se ve de lo más envidiable y conmovedora --a menos que se plantee desde un punto de vista ético, por supuesto--, pero... ¡ay!, estampar un coche nuevo contra la cristalera del concesionario, después de que el vendedor efectuara ciertos comentarios homófobos, resulta tan verosímil como James Bond saltando desde un precipicio para subirse a un avión en pleno vuelo. Tampoco sonaba demasiado convincente aquella teología simplista dispensada con motivo del conflicto religioso experimentado por Emmett cuando, tras prometer a Dios que renunciará a los hombres si los síntomas que padece no son consecuencia del SIDA, acude a una de esas asociaciones constituidas por ex gays con el objeto de liberar el alma de «inclinaciones perversas». A propósito, el apuesto médico le tiró los tejos no bien le informó de la inocuidad de su patología. ¿No suena pornográfico?
No obstante, lo peor de
Queer as folk es la obscena trampa de pretender hacerse pasar por ficción pura, un banal objeto de divertimento, cuando se trata en realidad, y así lo asumen los realizadores, de un instrumento didáctico. Un perfecto ejemplo fue el episodio en el que dos de los protagonistas llegaban a la sorprendente conclusión de que después de todo formar una
pareja abierta no sólo no está tan mal, sino que además tiene sus ventajas. También las referencias políticas, con una aspirante a senadora demócrata tan enrollada que incluso un republicano de Texas la votaría, son un evidente intento de inocular contenidos morales en la mente del espectador. Bueno, admito que se encuentran en su derecho de convertir la serie en un arma de pedagogía masiva, pero que no traten de venderla como puro espectáculo televisivo. Ésa es la hipocresía y ahí radica la falta de honestidad, ése es el peor defecto de una serie que, por lo demás, no pasa de ser el sueño de cualquier homosexual, al menos tal como ellos lo conciben: una deliciosa selección de desnudos dionisíacos, inhibición erótica y chicos guapos. Uhm, ahora que lo pienso... Bromeaba, sólo bromeaba. Mientras tanto, yo sigo esperando a que algún canal de televisión se anime a importar esa otra teleserie gay --afroamericana--:
Noah's Arc...
Etiquetas: gay america, qaf, tv
Polémica: gays, lesbs, bisex y trans

Si aquel viejo edificio de color arenisca permanece en pie, erguido como un monumento al mal gusto en un extremo de la Alameda de Hércules de Sevilla, supongo que sigue suscitando todavía la misma sensación de tedio e institucionalidad que cuando yo lo visitaba cada semana hace cosa de tres años. Por situarnos explicaré que la Alameda de Hércules es el núcleo privilegiado de la homosexualidad sevillana: en sus aceras uno tiene a mano una amplia variedad de locales de copas, discotecas, cuartos oscuros, cabinas de sexo rápido, venta de estupefacientes y servicios de prostitución heterosexual, además de un surtido de muchachos que aletean graciosamente por aquel microcosmos gay. Como decía, hace años que no piso la Alameda, de modo que no sé hasta qué punto ha cambiado, si es que ha cambiado, o si perdura inalterada e insensible al paso del tiempo. Tampoco sé si el edificio mantiene el equilibrio frente a
El Bosque Animado, bar estrella del ambiente hispalense, o si algún ciudadano con el suficiente buen juicio lo ha reducido a escombros con un buldózer secuestrado de, digamos, las interminables obras del metro. Qué recuerdos: las sesiones de aburrimiento en grupo, la curiosidad, una discreta timidez, miradas, un poco de deseo y una fuerte dosis de mezquindad frente a D.; a este pollo me pareció verlo en una fotografía de Internet hace pocos meses. Las cosas no fueron bien, en lo tocante a la amistad. Aquella arrogante falta de diplomacia...
La asociación GLBT andaluza COLEGA celebraba sus reuniones semanales en aquel edificio cedido por el Ayuntamiento, y allí coincidía jueves tras jueves la feliz trouppe, presta a comenzar la fiesta con una despreocupada dosis de compromiso cívico. No obstante, las citas solían ser de lo más aburridas, con todo género de charlas intrascendentes que raramente captaban la atención de los congregados. La contrapartida residía en la oportunidad de conocer a personas de muy diferente tipo: gays, lesbianas, bisexuales y transexuales, jóvenes y maduros, histéricos y santos Job, agresivos militantes y cínicos imperturbables, barbudos aficionados a los chaperos y cuarentonas recién salidas del armario. Si he de ser honesto, no hice ninguna amistad entre aquella gente, pero sí me integré en un pequeño grupo que se reunía los fines de semana para salir de copas. En términos generales fue una gran época, con los enojosos conflictos personales compensados mediante un aprendizaje intensivo del modo en que los humanos nos relacionamos. Todo era nuevo para mí.
No hay que ser un lince para darse cuenta de que GLBT es el acrónimo de las palabras que dan título a esta entrada: Gays, lesbianas, bisexuales y transexuales. Se ha convertido en una especie de estándar de facto sociológico incluir tanto las tendencias sexuales minoritarias como la transexualidad --término que no describe la orientación afectiva, sino la identidad de género-- en un mismo grupo militante, aunque sospecho que no todos los homosexuales se sienten cómodos compartiendo la lucha por los derechos sociales. Comprendo que esta cuestión suscite acaloradas polémicas, a pesar de que, por guardar las formas, raramente se discute en ambientes de activismo homosexual, pero existen motivos fundados, al menos en opinión de algunos, para romper con la tradición e iniciar batallas independientes. Por un lado, el número de transexuales parece ser poco significativo, y
desde un punto de vista político poco relevante. A su vez, no todos los ciudadanos que
toleran la homosexualidad dispensan ese mismo nivel de comprensión a la transexualidad. Por si todo eso fuera poco, los trans adolecen de una penosa imagen pública, con escasos modelos de personas de éxito transexuales que despierten simpatías entre el público. Convertidos en animales de barraca de feria en numerosos programas de televisión, la transexualidad suele emparejarse en la imaginación popular con la prostitución, la falta de cultura e incluso con el mal gusto y la zafiedad. Como consecuencia de ello, algunos homosexuales se preguntan si trabajar en comandita con los trans, no conlleva perjuicios de imagen pública de los que sería buena idea deshacerse sumarísimamente. A fin de cuentas, argumentan, prescindir de la exigua presión transexual no proporcionaría más que ventajas de proyección público a los movimientos en defensa de los derechos de los homosexuales.
Etiquetas: glbt, polémicas, transexualidad
Gays, mitos e ideas maléficas

He introducido tantos malentendidos, leyendas urbanas y prejuicios referentes a la homosexualidad en mi Tarro Mágico de la Confusión, que a estas alturas rebosan por el cuello del envase como una amarga montaña de galletitas de naranja. Algunos de esos desatinos son divertidos, otros ofensivos y parte de ellos decididamente inocuos, pero en general comparten la misma naturaleza: una ignorancia arrogante y pesada. Así que he resuelto incluir en Enfoque Gay una pequeña selección de obscenidades morales, ya sabes, como una caja de delicias de Cuétara pero en plan
activista gay. Por cierto, me comprometo a actualizar la lista a medida que nuevos prejuicios acudan a mi cabeza --y es que soy así de abierto: dispuesto día y noche a aprender innovadoras formas de odio y necedad--. De momento, esto es lo que hay:
- Los miembros de las parejas homosexuales se reparten los roles masculino y femenino: falso.
- Los gays desearían ser mujeres, y las lesbianas querrían haber nacido hombres: falso. Éste es, posiblemente, el mito más necio de entre todos los que afectan a la homosexualidad. No tiene sentido rebatirlo.
- La transexualidad es una variante de la homosexualidad: falso. Los trans son, por lo general, heterosexuales, y por tanto se sienten atraídos por miembros del sexo opuesto [a su género psicológico].
- Los homosexuales varones son extremadamente promiscuos: ¡boom! Diría más bien que los varones estamos sometidos a un fuerte instinto disoluto. En el caso de los homosexuales, no existe una mujer que oponga resistencia a esta inclinación. De todas formas, no todos los gays consideran una cuestión de supervivencia pasar por el máximo número posible de camas, saunas, cuartos oscuros y cabinas, y de hecho ni siquiera aprueban tal conducta.
- Todos los homosexuales son amanerados, pero sólo algunos presentan señales: falso. Aunque es cierto que numerosos gays adoptan determinados ademanes femeninos cuando consideran que el contexto es adecuado --por lo general, en compañía homosexual--, no es lo habitual. De hecho, quienes tienen pluma la manifiestan siempre, y quienes no la demuestran, sencillamente carecen de ella.
- Todos los homosexuales son de izquierdas: falso. Si bien es cierto que buena parte de los gays y lesbianas militantes se adscriben en posiciones políticas de centro izquierda, la generalidad es lo bastante digna y libre para observar todo tipo de convicciones.
- Existe un voto rosa determinante: falso. Véase punto anterior. Como cualquier otro ciudadano, un homosexual toma en consideración infinidad de factores sociales, religiosos, económicos, de principios morales, etc. para decidir su posición política; asuntos como el matrimonio o la adopción homosexuales adquieren distinto peso dependiendo del sujeto.
- Los homosexuales son superficiales, y eso los convierte en consumistas y rapaces: falso. Dado que por lo general los gays y las lesbianas constituyen familias más bien pequeñas --a causa de dificultades en la procreación y la adopción--, existe la posibilidad de que dispongan de «dinero no comprometido» para invertir en todo tipo de bienes y servicios. Así pues, no se trata de que consuman más impulsados por una propensión banal, sino que disponen de un remanente financiero, por así decir, que no se ven obligados a invertir en el mantenimiento familias muy nutridas. Sin embargo, y dado que la actual tasa de nacimientos por pareja es muy baja, esta circunstancia se presenta hoy día en familias tanto heterosexuales como homosexuales.
- Todos los homosexuales son feos: falso. Aunque eso es perfectamente aplicable a este servidor, basta salir de copas la noche de un sábado por un local de ambiente para apercibirse de la variedad de aspectos de gays y lesbianas.
- Todos los homosexuales son guapos: a pesar de la impresión que causan la mayoría de las revistas para público homosexual, se trata de un mito: falso. Véase punto anterior.
- Todos los homosexuales son ateos y anti–religiosos: falso. Existen gays y lesbianas con todo tipo de convicciones religiosas y espirituales. Muchos de ellos incluso practican religiones organizadas que desaprueban la homosexualidad.
- Los homosexuales poseen una cultura superior a la media: falso. Aunque carezco de estadísticas, la experiencia me demuestra que todos somos igual de incultos y mastuerzos.
- La historia de las artes está repleta de homosexuales: cierto. Pero eso no permite inferir que el desarrollo del Arte se haya sostenido sobre la orientación sexual. De hecho, ésa es una patraña homomaníaca e irresponsable que difícilmente soportará un escrutinio riguroso. La homosexualidad es legítima por sí misma, y no precisa de avales para justificarse.
Continuará.
Etiquetas: prejuicios
Somos parte de ti

Llevo varios días leyendo el thriller
Juicio final, de John Katzenbach, uno de mis escritores favoritos. Si la novela no ha pasado por tus manos, tal vez te resulte familiar la magnífica versión cinematográfica que protagonizaron Sean Connery, Ed Harris y Lawrence Fishburne y que llevó por título
Causa justa (nombre original del libro,
Just cause, 1992). Publicaré una reseña en
La máquina Bones cuando lo termine --se me está haciendo un poco largo--, pero puedo anticipar que el antagonista, Robert Earl Ferguson, acusado de la violación y asesinato de una pequeña de raza blanca, se escuda en el color de su piel para proclamar su inocencia y denunciar que lo convirtieron en el chivo expiatorio a causa precisamente de su raza. No podemos negar que estas cosas ocurren en la vida real, algo terrible, sin duda, y tampoco podemos negar que el conflicto de las razas --de la sociedad-- causa estragos no sólo en las estadísticas de criminalidad, sino también en las de consumo de drogas o difusión del virus del SIDA, por poner un par de ejemplos.
Lo menciono porque este matiz, el del color de la piel --con su poco sutil relación con el de la estratificación social-- suele suscitar acalorados debates intelectuales y culturales, y sinceramente, no creo tener una opinión demasiado formada al respecto. Y es que, a mi defensa de la libertad del individuo (y por tanto de la responsabilidad de sus actos), he de sumar el factor, más o menos determinante, de la presión social. Un auténtico problema moral, ¿no es cierto?
El caso es que, dando vueltas por Internet, fui a parar a un
sitio web dedicado a la comunidad negra y homosexual de la ciudad de Nueva York. Se llama
We are part of you (somos parte de ti), y su nutrida página web contiene información muy interesante y útil sobre discriminación y salud sexual, así como consejos prácticos sobre el mejor modo de desenvolverse cuando a la homosexualidad hay que sumarle la pertenencia a una minoría. Aquí en España, país racialmente homogéneo, este asunto puede causar una cierta indiferencia, pero las cosas van cambiando rápidamente: ya no somos todos blancos, ahora nos mezclamos, conversamos y discutimos, incluso libramos verdaderas batallas campales. Así que tal vez llegue el momento en que nos veamos obligados a iniciar campañas dirigidas específicamente a las minorías dentro de la minoría GLBT. Hablando de campañas: sostengo la teoría de que el grupo GLBT más sensible y expuesto sigue siendo el juvenil, y no tengo la sensación de que se esté haciendo demasiado para ponerles las cosas un poco más fáciles a los muchachos...
Nota: la imagen que acompaña a esta entrada es uno de los banners de
We are part of you. El texto dice, más o menos:
Soy gay. Y aquí es donde rezo. Ni que decir tiene que me encanta que consideren la religión una de las zonas conflictivas que han de ser tratadas desde un punto de vista maduro y sin rencores.
Etiquetas: gay america, prejuicios