Una fantasía homosexual
El norteamericano
Theodore Sturgeon no sólo vivió esa existencia errática y llena de dificultades que los
aspirantes a escritor envidiamos con más ilusión que sentido común, sino que también se convirtió en uno de los popes de la fantasía–ficción. De su obra, Arthur C. Clarke afirmó: «los cuentos de Sturgeon tienen un impacto emocional que no logra casi ningún otro escritor», y Groff Conklin puso la puntilla con su sentencia memorable, «tú no lees estos cuentos: te suceden». Por si esos avales no fueran suficientes, Ray Bradbury confesó en el delicioso prólogo de
La fuente del unicornio:
Quizá la mejor manera de expresar lo que pienso de un cuento de Theodore Sturgeon sea explicar con qué minucioso interés, en el año 1940, abría por el medio cada relato de Sturgeon y le sacaba las tripas para ver qué era lo que lo hacía funcionar. [...] Miraba a Sturgeon con secreta y persistente envidia. Y la envidia, tenemos que admitirlo, es para un escritor el síntoma más seguro de la superioridad de otro autor.
¡Uff! Que el maestro de
Crónicas marcianas se manifestara en unos términos tan elogiosos sobre Sturgeon dice mucho en favor de éste.
[A partir de aquí puede haber
spoiler.] En los irresistibles mundos de fantasía creados por TS desfilan con inolvidable ingenio excéntricas historias de amor, alienígenas traviesos como niños, metáforas pacifistas, peliagudos desafíos morales y, en el relato que tengo en mente,
El mundo bien perdido, incluido en el mencionado volumen
La fuente del unicornio, una especie de alegoría en defensa de los derechos de los homosexuales.
El
Ácaro Estelar 439 lleva a cabo la misión de devolver a dos alienígenas, conocidos como «los tortolitos», a su planeta de origen. Según Dirbanu, nombre con el que se conoce en la Tierra a ese misterioso cuerpo celeste, tales extraterrestres son fugitivos de la justicia, y por tanto deben ser restituidos a su autoridad. El equipo responsable de realizar la repatriación es descrito por Sturgeon del siguiente modo:
La tripulación estaba compuesta por dos hombres: uno un gallito pintoresco y el otro un enorme toro pardo. Eran, respectivamente, Rootes, capitán, y Grunty, encargado de todo lo demás. Rootes era un gallito ágil, blanco y enérgico. Tenía pelo de color castaño rojizo, lo mismo que los ojos, y los ojos eran duros. Grunty era desgarbado, con manos grandes y suaves y hombros pesados, casi tan anchos como alto era Rootes.
Rootes tiene un carácter verdaderamente áspero, y Grunty da la sensación de sufrir un cierto retardo mental; en cualquier caso, está hecho todo un mastuerzo. Sin embargo, es él quien debe lidiar con los encantadores «tortolitos» a lo largo del viaje, pues su superior se pasa dormido la mayor parte del tiempo, y es a él también a quien los alienígenas recurren en busca de auxilio. El problema reside en que ninguno conoce el idioma del otro, y a las duras se entienden mediante dibujos. Finalmente, se desvela el motivo que forzó a los «tortolitos» a fugarse de Dirbanu: son pareja, una pareja homosexual, y las autoridades de su planeta los reclaman para aplicarles la pena capital, pues no desean que en el cosmos se corra la voz de que en aquel lejano lugar, oculto y ajeno bajo fuertes nubes de energía, todos son... ya sabéis, un poco
mariquitas.
Pero, ¿los devuelven y los tortolitos son asesinados? ¿O los liberan? De liberarlos, ¿por qué razón harían algo así? Y de desentenderse de ellos, ¿por qué tal falta de piedad? Sturgeon es un escritor absolutamente maravilloso, y éste es uno de los muchísimos relatos que lo demuestran sin ningún género de dudas.
La
Casa del Libro tiene disponibles algunos libros de
Theodore Sturgeon.
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Recordando a Chad Allen
Lo admito, de niño sufrí una fuerte adicción a las películas de campamento americanas. Me chiflaban y suspiraba porque en mi vida sucediesen accidentes tan desternillantes como los que contemplaba con arrobamiento en la pantalla del televisor. Además, en esas películas los chicos eran bastante más guapos que aquellos que se pasaban las horas eructando y dando patadas a un balón de fútbol a mi alrededor. Así que el mediodía de los fines de semana, cuando emitían esos filmes, yo era el niño más feliz del mundo. Lo recuerdo con nostalgia: la sensación de paz, que nunca he vuelto a experimentar, la emoción, el suave calor de la infancia y, finalmente, el inolvidable olor a tostadas con mantequilla, que irrumpía en el salón cuando llegaba la hora de la merienda.
Supongo que el epítome de ese inocuo género cinematográfico fue siempre
Campamento Cucamonga, tres de cuyos protagonistas, por cierto, tuvieron luego carreras más o menos exitosas, como por ejemplo Jennifer Aniston, un
Jaleel White (Steve Urkel) despojado de las gafas de culo de botella y el eterno rubio
Chad Allen. Sobra decirlo, yo estaba platónicamente enamorado de Chad. Chad, Chad, Chad, quién te ha visto y quién te ve. Qué recuerdos, y qué súbita tristeza se abre camino en mi cabeza mientras rememoro aquellos tiempos.
No puedo decir que siguiera la pista a Chad Allen a lo largo de los años, y ni siquiera le di una oportunidad cuando formó parte de la teleserie
Doctora Quinn, pero me
divirtió muchísimo leer en alguna página de Internet que el chico era gay. Debí suponerlo. Al parecer, lo pillaron dándose el lote con su novio, su amante, o lo que fuere, en la imagen que puede verse
haciendo clic aquí, y de este modo su carrera llegó a su fin. ¿O no? Ha continuado interpretando distintos papeles en películas de segunda fila, pero quizás eso era lo que el destino y su falta de talento le reservaban con independencia de su orientación sexual. En fin, Allen salió del armario
en la portada de la revista
Advocate, y con el paso del tiempo se ha convertido en un voluntarioso activista gay, interesante concepto al que al parecer hoy día se suma todo el mundo. Yo me lo tomo con cierta reserva, si bien es cierto que durante una época asistí religiosamente a las tediosas reuniones de determinada asociación GLBT.
Dada mi edad, no puedo fantasear ya con aquel ensoñador escenario de campamentos veraniegos, refrescantes lagos e idílicos bosques, pero quizá no sea demasiado tarde para mirar a Chad Allen con renovado
interés... De acuerdo, lo retiro: era sólo una idea estúpida, una idea estúpida para vencer esta delicada tristeza que sube desde mi pecho y toma posiciones en mi rostro, reclamada por la temeraria evocación de pacíficos tiempos pasados. Pero si las cosas se ponen crudas y me veo forzado a imaginar campamentos y tíos en pantalones cortos, siempre me queda el recurso de desenterrar
Viernes 13: también ahí había chavales muy juguetones. Es una pena que tuviesen los días contados. Claro que en esa situación nos encontramos todos, ¿no es cierto?
Etiquetas: celebridades, gay america, tv
Gemelos, gays y plastificados
Durante los dos últimos días he publicado
un par de
entradas relacionadas con la
religión y con el modo en que los homosexuales nos aproximamos a ella... o la rechazamos. Y es así que cuando leí en la portada digital de
Advocate, el
magazine LGBT de mayor tirada en Estados Unidos, que Joshua Miller
perdía su religión, la intriga me asaltó con la ferocidad de un puma. Admito que fue un modo inopinado de conocer la existencia de
Nemesis Rising, grupo pop formado por
dos hermanos gemelos idénticos, ambos homosexuales, que protagonizan un
reality show en el canal de televisión por cable LOGO. (Hace pocos días ofrecí algunas referencias de este canal en un post dedicado al atractivísimo actor ¿gay?
Darryl Stephens). El caso es que
LOGO emite programación exclusiva, o por lo menos preeminente, para el público
queer, y el objetivo del show consiste en retransmitir la carrera musical de los hermanos Miller desde sus inicios en la humilde nada hasta donde quiera que lleguen.
Según parece, los gemelos son hijos de un matrimonio de testigos de Jehová, y aunque abandonaron esa religión años atrás, no ha sido hasta este momento que los mandamases de Jehová les han dado puerta. Era algo bastante previsible, a qué negarlo.
Por otro lado, encuentro de lo más interesante la coincidencia de múltiples homosexuales en una misma familia, aunque por lo visto se trata de una ¿casualidad? más frecuente de lo que cabría imaginar. Hasta donde sé, yo mismo he conocido a un par de hermanos, chico y chica, ambos un poco desagradables, que compartían orientación sexual, y cierta noche me hablaron de otros tres o cuatro hermanos que también tenían en común la preferencia
romántica por miembros de su propio género (yo conocí a dos de ellos). Me pregunto qué debieron pensar los padres cuando las puertas se abrieron y los chicos empezaron a salir en tropel.
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La mala fama de los bisexuales

Me forjé muy precozmente una imagen mental de los bisexuales, y al cabo de los años, cuando empecé a relacionarme con personas que compartían mis inclinaciones afectivas y sexuales, me sorprendió que dicha imagen perdurara intacta en mi cerebro, como un bajorrelieve tallado en la superficie craneal. Recuerdo cierta noche, en una discoteca sevillana... Me encontraba apoyado contra una pared, cerca de la cabina del DJ y muy próximo a una de las sencillas columnas que delimitaban los márgenes de la sala. Delante de mí y a mi lado se situaban los cuatro miembros de una pandilla de amigos. Dos de ellos, un muchacho de facciones débiles, como amasadas sobre el resbaladizo lomo de una babosa, y otro de quien apenas me acuerdo, se daban el lote felizmente aislados del resto de la parroquia; los otros dos se mantenían erguidos a un palmo de mi nariz, intercambiando comentarios y tomándole la medida al surtido de carne joven que se exhibía en la pista de baile. El de la izquierda era bajo e insignificante, con una calvicie incipiente y patillas afiladas. Se movía sin demasiada gracia, ofreciendo ese perfil ligeramente arrogante, femenino e inofensivo, de los tipos con más carácter que cuerpo. El de la derecha, por el contrario, se ajustaba perfectamente a la imagen que de los bisexuales me había formado, y despedía un aura de procaz sexualidad. De hecho, era tan semejante a mi modelo mental, que en determinado momento sonreí con un perverso alborozo.
Perilla de vello negro bien recortada, cabello corto del mismo color, piel pálida y ojos castaños, una ligera capa de grasa bajo la piel y chaquetilla sin mangas. En términos generales, así es como fantaseé siempre que serían los bisexuales, tipos de entre treinta y cuarenta años dispuestos a meterse en cualquier cama y con unas gafas de sol apoyadas noche y día sobre sus rectas narices. Bigotes poblados y hombros anchos. El bisexual arquetípico, un sórdido reflejo de la zafiedad y una inclinación natural a la inmoralidad. Era, por supuesto, un prejuicio, y de los bisexuales que he conocido en persona, ninguno se ajustaba al perfil. Por poner dos ejemplos: uno de ellos era un tipo de unos veintiocho años, arrebatadoramente encantador y pizpireto, con sólidos motivos para sentirse atraído por ambos sexos: «no puedo resistirme a esa belleza». El tono en el que se expresaba, casi romántico, muy cortés y despojado de obscenidad, hacía que sonara tan convincente como una monja que mendiga dinero para los pobres a quienes maternalmente dedica su vida. Otro ejemplo: una chica francesa de belleza singular y agresiva, aficionada a los puros, una mujer fatal. Piel pálida, carácter fuerte, de una elegancia novelesca que fluía con naturalidad de sus maneras confiadas y firmes.
Uno de los tópicos infumables que la sociedad dedica a los bisexuales es el de que estos no dan la talla ni en un bando, ni en otro: pero el hecho de que llamen «bando» a un sexo quizá debiera hacernos desconfiar de quienes emplean este tipo de argumentos. Algunos gays cuestionan la moralidad de los bisexuales, posiblemente porque de este modo se sienten más seguros de sí mismos: afirman la naturalidad de sus propias inclinaciones por medio de esa oposición débil y prejuiciosa a los bisexuales. Suena bastante absurdo. Lo es.
Etiquetas: bisexualidad, prejuicios
Parejas - gays - televisivas
No es que me haya aficionado a los programas sentimentales que pasan por televisión, ya sabes, pero Anabel Alonso era tan encantadora, tan propensa a las risas, causaba tal sensación de felicidad plastificada en mi gomoso corazón que, en fin, me senté frente al televisor y los vi. Entonces ya estuve atrapado y nada pude hacer por evitarlo. A los muchachos, los dos chicos morenos, de corto cabello negro y cuerpos delgados. Ocupaban sendos asientos situados frente a la presentadora, y un falso muro deslizante de unos quince centímetros de grosor se interponía entre ellos, pero el hecho es que se habían conocido previamente en el piso familiar del pollo de la izquierda, un niño tan gay como una blusa de dulce terciopelo. El otro, por el contrario, parecía llevar una pacífica existencia bajo su aspecto... sutilmente... gris.
El súper–gay lo había advertido previamente con su enorme boca de grandes dientes blancos: «todos mis amigos son guapos, así que no voy a tener un novio feo». Conque no vas a emparejarte con un feo, ¿eh? No, si capto a la perfección la lógica del proto–silogismo: amigos guapos, novio guapo (¿has oído hablar de ese tipo de homosexuales que,
sencillamente, no toleran la fealdad?). Como digo, el chico lo había advertido, así que cuando el muro retrocedió, el otro aspirante al crucero por el Caribe se encontró con un frío vacío, con el espectro de una esperanza asfixiada por la hambrienta hiedra. El silbido del viento que embate las pobres almas. Mis amigos son guapos, y no voy a tener un novio feo. De acuerdo: hay cierta lógica en eso. La suave caligrafía de la tristeza que firma una carta a su íntima amiga, la Señora de los Suspiros.
Para un romántico sórdido e impenitente como yo, aquello fue un duro mazazo. Todavía no me he recuperado, lo recuerdo como si fuera ayer: la vigorosa acometida de la frustración, que se arrastra graciosamente sobre los músculos de mi cuerpo, sedienta, en dirección a mis ojos. Así que pongo la mirada lejos, al otro lado del Atlántico, y
leo acerca de un interesantemente absurdo programa de televisión,
Chico conoce chico, protagonizado por
un treintañero de fuertes mandíbulas y rasgos agradables, un
ex abogado o algo así, que debe alternar con una serie de supuestos pretendientes, algunos de los cuales, para colmo, son impostores heterosexuales. La gracia está en que ha de localizarlos y rechazarlos. Finalmente el guaperas eligió a
Wes, quien con el paso del tiempo ha llegado a ser
una especie de estrella del mercado de los derechos de los homosexuales; hoy se comercia con cualquier cosa, ¿no crees? Si ese programa se realizase en España, y esto es sólo una conjetura indecorosa, por supuesto, estoy convencido de que a eso de las ocho de la tarde podríamos ver una felación en pleno directo. Bien, bien. Así me gusta, que la felicidad se manifieste en toda su gloria. Un músculo, una lengua, líquidos y calor. Maravilloso, hombre, ¡ma–ra–vi–llo–so!
A propósito, en todas partes
publican artículos sobre Isaiah Washington, el tipo que llamó marica a su compañero de reparto en la teleserie
Anatomía de Grey. Pero vaya, qué poco me importa. ¿Me pasa algo, doctor? ¿Doctor?
Posdata: Fort Lauderdale tiene desde 2007
su propia semana de la moda, de modo que si tienes previsto pasar tus vacaciones allí, según esa costumbre anual que le has impuesto a tu vida sexual, deja de chupar por los rincones de una maldita vez y cómprame algo bonito. Joder, ya sé que a FL uno acude a f... Olvídalo, tío. No he dicho nada. Limítate a hacer lo de siempre, y resiste la maldita tentación de traerme fotos de tus cincuenta amantes. No me interesan.
Etiquetas: gay america, tv
¿Cristiano y gay? ¡Uff!, 2

Ayer por la tarde publiqué
una entrada en la que reflexionaba sobre la relación de los homosexuales con la religión. Mi tesis se reducía a lo siguiente: yo, autor del texto, tengo fe en Dios y al mismo tiempo me siento satisfecho con mi identidad sexual. De modo que, ¿qué cantidad de argumentos es necesaria para rebatir esta prueba viviente de que es posible ser cristiano y gay? Y por todos los cielos, el viejo y arrogante pretexto de que «yo no lo puedo comprender» no sirve de nada. Si negamos la realidad de cada cosa que nos sentimos incapaces de entender, entonces quizá haya llegado el momento de que saquemos de debajo de las camas los maletines nucleares, nos despidamos de nuestro seres queridos y oprimamos los botones rojos. Una cadena de terribles explosiones enviará todas nuestra almas al infierno en el expreso de los átomos desenfrenados, y mediante este fogoso procedimiento las negras cucarachas que recorren el suelo de nuestras cocinas... podrán llevar a cabo el macabro plan por el que han estado esperando millones de años: DOMINAR EL PLANETA.
Sin embargo, mientras esa festiva fantasía se materializa, querría poner bajo el foco de atención un matiz de la homosexualidad que, por motivos absurdos, en contadas ocasiones se toma en consideración.
La promiscuidad homosexual masculina no es ningún secreto, y supongo que ni siquiera un misterio. Puede que en el «mundo hetero» los locales a los que los hombres acuden para satisfacer sus deseos más sórdidos se encuentren no solo separados de los locales de reunión habituales, sino tan aislados que parecen ubicados en una sociedad distinta. Por el contrario, en los lugares de ambiente homosexual apenas existen diferencias ni línea de transición entre las salas en las que uno baila, y las salas que proveen de cuartos oscuros, cabinas, proyecciones pornográficas y ese tipo de cosas. Más aún, en la ruta de iniciación de un muchacho gay que empieza a frecuentar locales
del arte, por utilizar esa expresión tan curiosa, a menudo se incluye una visita cortés a un cuarto oscuro. Hace años, fue mi caso: no es que acudamos a practicar sexo, pero es habitual que uno se de una vuelta para formarse un paisaje mental. Supongo que nuestros guías pretenden insensibilizarnos frente a lo que nos queda por ver... y por vivir. Es un hecho. La vida gay y el sexo gay están tan imbricados que parecen una misma cosa. Pero no lo son.
El error reside en la premisa de que la homosexualidad es solo una orientación sexual, un asunto genital, cuando la realidad es bastante más compleja que eso: algunos homosexuales ni siquiera tienen intención de mantener relaciones íntimas con personas de su mismo sexo. Sin embargo, eso no modifica su naturaleza. Me refiero a que no se trata únicamente de con qué tipo de cuerpos uno desea pasar un buen rato, sino con qué personas uno tiene intención de compartir su vida. O, dicho más claramente, a qué sexo uno es capaz de profesar amor romántico. Así que, dadas las circunstancias, la homosexualidad no es la cama ni el gemido, sino más bien el abrazo.
Y es por eso que resulta tan difícil asumir la idea, empáticamente y desde un punto de vista intelectual, de que Dios pueda rechazar a una de Sus criaturas porque ésta ame. No consigo ver el rostro pérfido de esa conducta, la faceta malvada del amor. Y es también por eso por lo que uno puede ser homosexual y amar a Cristo sin sentirse culpable, frustrado ni rechazado. ¿Piensas que se trata de un examen un poco simple? Quizás, quizás, pero, ¿con qué instrumentos contamos para desenvolvernos en la difícil relación con Dios? ¿Y qué energía atávica nos anima? ¿No es el amor? ¿No es la emoción constructiva que conduce a la fusión de las almas? Y si dos almas se unen por medio de ella, ¿es
asequible la idea de que esa unificación desinteresada conduzca al alejamiento de Dios, o sucedería más bien todo lo contrario?
En fin, de momento doy el asunto por zanjado, aunque antes de poner el punto final quiero desviar la atención hacia
una entrevista que
Ramone Johnson, responsable de la
sección de estilo de vida gay, por así decir, de About.com, hace a un tipo de lo más singular e interesante. Se trata de Jay Bakker, evangelista de la
Iglesia de la Revolución, que él mismo fundó y para la que predica desde Nueva York. Bakker ofrece el aspecto excesivo y poco fiable de un roquero punk, como algunos lo han descrito, y sobre su piel se extiende una fabulosa pradera de amplios tatuajes. El buen hombre está casado y es hijo de un matrimonio de evangelistas que adquirieron una enorme fama hace décadas, hasta que el marido se situó en el ojo del huracán de diversos escándalos y desapareció de la vida pública. La madre,
Tammy Faye Bakker, por el contrario, sigue en el candelero, extravagante y con el mismo
exceso de maquillaje de siempre. Lo interesante de la Iglesia de la Revolución, decía, es que tiende los brazos a los homosexuales. Me figuro que no es la única, pero parece un ejemplo tan bueno como cualquier otro para comenzar. Y como dije al principio de este post, si ellos son la prueba viviente de que no existen obstáculos para ser homosexual y observar amor a Cristo, ¿de qué sirven todos los argumentos que sugieren lo contrario? ¿Teoría frente a realidad? Incluso alguien tan propenso a la abstracción como yo se queda con la segunda.
Etiquetas: religión
¿Cristiano y gay? ¡Uff!, I

Supongo que lo más difícil de embarcarse en el gran Navío de la Cristiandad, y me refiero específicamente al Navío de la fe, es la necesidad de combatir en dos frentes simultáneos que, en rigor, son movidos por los mismos impulsos primitivos y ofrecen idéntica resistencia al cambio. Sobra decirlo, estoy hablando de que los cristianos heterosexuales se esfuerzan... se esfuerzan realmente... ponen toda la carne en el asador... para que los homosexuales salten por la borda y se sumerjan en las procelosas aguas del océano. O tal vez piensen que a los gays que aman a Cristo les seduce la idea de fundar --lo que ellos denominan-- «familias exóticas» junto con los irresistibles delfines y los dulces caballitos de mar. Pero, aunque ningún mal deseo albergo para los nobles animales marinos, convivir cotidianamente con ellos no es el sueño dorado de mi vida: a ser posible, desearía residir en la pacífica superficie terrestre, donde el sol brilla con fuerza y uno no precisa agallas para respirar.
Sobra decir también que el otro frente abierto está tomado por un ejército significativo de homosexuales ateos que tratan de aferrar las piernas de sus pares cristianos y, con fuerza, tirando y sacudiendo, pretenden expulsarlos del navío y obligarlos a pensar según las normas LGBTA. Normas ateas. Sin Dios, sin fe, y con fuertes dosis de prejuicios.
Honestamente, no termino de ver el problema, y es que, ¿de qué sirven todas esas conjeturas sobre una supuesta contradicción entre amar a Cristo y ser homosexual, si existen tantos gays que combinan tan saludablemente su forma de amor y sus convicciones? Pero da igual cuántos ejemplos de felicidad y salud mental se proporcionen para demostrar que no hay el menor conflicto en ser cristiano y gay; a quienes se niegan obtusamente a admitir esta posibilidad, siempre les queda el viejo recurso de cuestionar el estado moral del creyente. Los argumentos más frecuentes para degradarlo son: «ha interiorizado la homofobia, de modo que busca desesperadamente en la fe un contrapeso a su falta»; o «en su afán denodado por conseguir la aprobación social, adopta costumbres bien consideradas, como por ejemplo la adscripción a la religión dominante». No hay que ser una lumbrera para darse cuenta de que bajo esos argumentos subyace el sustrato fascista de siempre: cuestionada la capacidad intelectual de los gays cristianos, se da el siguiente paso, que es negarles la libertad de acción. Se confrontan la presión del grupo y la insignificancia social del individuo, a quien se reduce mediante las técnicas empleadas habitualmente para reprobar la desviación social. Así, el mismo individuo se ve expuesto al escarnio no sólo de la mayoría heterosexual, sino de una parte, quizá pequeña pero sin duda activa y beligerante, de la minoría homosexual. Y esos son los dos frentes de combate.
Obviamente se trata de un superficial e inexperto análisis sociológico; sin embargo, he tenido suficientes experiencias en este ámbito, el de los conflictos de intereses y el de las diferencias mayoría/ minoría en la comunidad homosexual, como para sospechar que no me falta algo de razón.
A propósito, he reflexionado de nuevo sobre este asunto mientras leía un post publicado por
ambienteG, y a continuación seguía la interesante conversación que al respecto sostenían los usuarios. Por supuesto, este tema seguirá dando que hablar.
Etiquetas: outer space, religión
Desde el Hollywood gay, con amor...
Muy bien, ellos lo han querido. Son las mega estrellas gays de Hollywood, de Hollywood o de cualquiera otra avenida habitada por celebridades dispuestas a pagar tres millones por parcela. No hay cómo cogerlo, se han vuelto completamente locos. Esos tipos... cielos, dan ganas de echarse a temblar. Se casan. Se casan
en cadena, como si una onda expansiva de diademas, ramos de flores y alianzas de diamantes los hubiese arrancado de sus sillones de piel de guepardo favoritos para lanzarlos de cabeza a los juzgados y, antes de que tuviesen tiempo de reaccionar, con una expresión de pasmo clavada a la jeta y miles de pequeñas estrellas fosforescentes destellando en torno a sus célebres cráneos, ¡habían contraído matrimonio! Uff.
Bueno, la verdad es que exagero un poco. Ian McKellen, que interpretó al anciano Gandalf en
El señor de los anillos, no forzó a su
novio a firmar
el solemne papel para llevarlo a la gala de los Oscars de 2002, a diferencia de Stephen
Boyzone Gately, que
sonrió a la cámara cogido de la mano de su flamante marido, un tal Andy Cowler ¿Y por qué no?, que continúe la fiesta:
Alan Cummings, Nocturno en
The X–Men, tienta al destino
en compañía del dibujante Grant Shaffer. Monica
Frota con fuerza Lewinsky asistió a la boda, por si alguien sufría la tentación de tomársela en serio. :) Vía
GayLife.
Etiquetas: celebridades, gay america, noticias
Las tribulaciones de Marcus Allen

Que lo más interesante de la industria porno gay se encuentra tras las cámaras es algo que nadie puede negar a estas alturas, con la mítica estrella Chris Lance acuchillada a manos de su novio; el poderoso productor, director y actor X Michael Lucas elogiando desde su blog al presidente del Gobierno español;
Mason Wyler decidido a ser maestro de escuela para enseñar a sus alumnos costumbres «más liberales»; y todos esos mastodontes/ sementales que recobran la fe cristiana tras convertirse en iconos del mercado pornográfico homosexual, y se recluyen mansamente en lo más profundo de los bastiones religiosos de Florida y Utah. Cielos, ¿quién necesita contemplar el apareamiento de dos búfalos hipermusculados y horteras cuando en el backstage el legendario Ryan Idol recupera el amor por la vida después de salir ileso de una caída de nosecuántos pisos ocurrida en Nueva York?
La
última noticia salida del horno ha sido también la más curiosa en mucho tiempo. Y es que a Marcus Allen, a.k.a.
Timothy Boham, lo han detenido por liquidar supuestamente a tiros a un empresario homosexual de Denver, Colorado, ésa ciudad situada en el centro de Estados Unidos que da nombre a una película de Gary Fleder,
Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto. Que se lo digan al pobre John P. Kelso, porque así es como se encuentra él.
Allen tiene el rostro de expresión díscola propio de los chicos buenos propensos a hacer cosas malas, posee las herramientas necesarias para convertirse en modelo y actor para público adulto y presenta una afición a las armas de fuego que podría suministrar material para una película del oeste. Pues bien, a este noble muchacho lo detuvo una patrulla de policía cuando trataba de cruzar la frontera de Estados Unidos con Méjico, patrulla a la que confesó que lo buscaban en relación con la muerte del mencionado empresario. Marcus Allen trabajaba como agente de cobro de morosos en la compañía del interfecto.
Al parecer, la ex estrella tenía intención de robar el dinero que su patrón guardaba en una caja fuerte ubicada en su propia casa, y pensaba escapar a continuación con la pasta y su novia para darse la gran vida en Latinoamérica. El problema surgió cuando Kelso se negó a abrir la caja fuerte y al actor la situación se le escapó de la manos. Tanto es así que la sangre empapó cielo y tierra.
Después de este incidente hemos conocido algunos detalles adicionales sobre la vida íntima del muchacho, como que, a pesar de trabajar activamente en el negocio del porno homosexual, despreciaba agresivamente a los gays. Más aún: informan de que llegó a desinfectar su piso cuando éste fue abandonado por su anterior inquilino, un varón homosexual. Qué cosas. Y qué morbosamente interesantes...
Notas: Boham padece trastorno bipolar y es padre de una pequeña de 5 años. La caja fuerte resultó estar vacía.
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La ciudad y el pilar de sal
Sus antepasados y el poder de su familia determinaban que Gore Vidal iniciaría carrera en la procelosa vida política norteamericana, pero su novela
La ciudad y el pilar de sal, publicada en enero de 1948, dio al traste con ese proyecto semi–genético y descerrajó el pistoletazo de salida de su meteórica carrera literaria e intelectual: el libro relataba el drama de un muchacho de la América profunda enamorado de otro muchacho. Por aquel entonces Vidal contaba 23 años y, tras la muerte del que sería el amor de su vida,
el apuesto Jimmy Trimble, en la Batalla de Iwo Jima, había pasado ya por los brazos --y las sábanas-- de unos ciento cincuenta tíos. Comprendo que la alusión resulta de lo más procaz, pero qué demonios, se trata de su propia confesión...
El instituto llega a su fin, y Jim Willard y su amigo Bob Ford hacen planes de futuro. Ambos comparten juventud, fuerza y belleza, dos verdaderos efebos llamados a protagonizar una novela gay. De modo que se toman un respiro acudiendo a una cabaña en las cercanías de un estanque situado a las afueras del pueblo, y una cosa lleva a la otra y de repente la oscuridad, un toqueteo, gemidos, el despertar homosexual, todo eso. Caray, ¿quién lo iba a decir? Dos muchachos bien parecidos que se dispensan muestras de afecto como salvajes criaturas del bosque. Inopinado, inopinado por completo. La escena comienza así:
Bob se quitó la camisa y Jim hizo lo mismo. Así estaba mejor. Jim se limpió el sudor de la cara; Bob se estiró sobre la manta, utilizando su camiseta como almohada. La luz de las llamas brillaba sobre sus cuerpos blancos. Jim se tumbó junto a Bob.
–Hace demasiado calor para estar luchando –dijo.
Bob soltó una carcajada y de repente lo agarró. Se aferraron el uno al otro. Jim era abrumadoramente consciente del cuerpo de Bob. Durante un instante hicieron como que luchaban. Después ambos se detuvieron. Sin embargo, siguieron agarrados, como esperando una señal para separarse o continuar. Pasó un buen rato y ninguno se movió. Sus suaves pechos se tocaban, mezclando su sudor, jadeando al unísono.
Sin embargo, esa experiencia parece haber tenido un significado distinto para cada uno de los amigos. Ford se enrola en la marina mercante y desaparece de la vida de Willard. Ni cartas, ni postales, ni besos en el aire. Willard es miembro de una familia disfuncional en la que se siente más o menos asfixiado; así que un día prepara los bártulos y se propone abandonar el pueblo en busca de su amante. Pero localizarlo no es una tarea sencilla, y a Willard se le presenta la ocasión de descubrirse a sí mismo. Por eso se trata de una novela de alumbramiento: porque el protagonista empieza a vislumbrar el sesgo de su verdadera identidad.
Willard desprecia a los homosexuales, a quienes considera nenazas degeneradas, y conjetura que su relación con Bob es... bueno, una cuestión estrictamente masculina. Pero las cosas cambian, cambian muy lentamente, y la renuencia inicial de Willard a mantener relaciones íntimas con otros chicos va cediendo el paso a una especie de áspero consentimiento. En Hollywood se empareja con un símbolo sexual de la época, una estrella de cine deseada por las mujeres de medio planeta, y con el transcurso del tiempo, sometido a la dolorosa ausencia de Ford, Willard se convierte en una zorra en toda regla. Y ésa es la historia: el apocado Willard se vuelve extremadamente promiscuo en su búsqueda sin cuartel del amado Ford.
El estilo narrativo es sencillo, casi aburrido, aunque según parece eso fue algo deliberado: Vidal pretendía conferir al relato una textura documental. Y vaya si lo consigue. Novela de fácil lectura, con multitud de fantasías sexuales comunes bien tramadas, aunque casi ni rastro de descripciones eróticas explícitas, con lo que ganamos todos.
La ciudad y el pilar de sal fue un éxito de ventas en su momento, y un perfecto ejemplo de cómo la polémica puede resultar de lo más beneficiosa. Puedes
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Etiquetas: cultura, gay america, Gore Vidal, libros