La última vez que presté un poco de atención a Eurovisión fue hace cosa de cuatro años, cuando uno de mis compañeros de piso gays golpeó la puerta de mi dormitorio para anunciarme que había algo que tenía que ver a toda costa, de modo que lo seguí hasta el salón, donde cinco tíos simétricamente homosexuales se habían congregado para celebrar la euroretransmisión, y no pude sino asombrarme cuando puse los ojos sobre la pobre hechura del representante austríaco. El tipo era tan ridículo que no di crédito a lo que veía; en mi opinión resultaba obvio que Austria, sencillamente, no se tomaba en serio el festival, y se burlaba de todo el continente con un representante verdaderamente grotesco.
La ganadora de la edición de este año ha sido la serbia Marija Serifovic, quien parece un hombre adicto a las metamfetaminas. Nosotros hemos quedado en el vigésimo lugar con esos cuatro muchachos bien parecidos y de aspecto gay, D'Nash. Francamente, querida, todo esto me importa un bledo.
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