Frisaba en la cuarentena, era atractivo y la última vez que lo vi había iniciado una relación con un guapo muchacho, casi un efebo, tal y como yo lo recuerdo, con quien no hice buenas migas cuando me lo presentó en una decadente discoteca de ambiente. Sin embargo, a aquel tipo yo lo había conocido varios meses atrás, y cierta noche, sobre la que escribí una entrada en La Máquina Bones hace la tira y tres cuartos, me confesó que, tras separarse de su esposa y acudir a una asociación de activismo gay en busca de consejo para reconducir su vida, recibió la recomendación de asistir a una sucia discoteca sevillana, tomarse una copa y practicar sexo con algún ligue improvisado. Interesante forma de introducirse en la procelosa vida homosexual: el sexo como vía de iluminación. Si lo que esperabas de la existencia gay era amor y estabilidad emocional, ¡despierta!, más te vale hacerte a la idea de que nada de eso está al alcance de la mano. Tal es, al menos, la conclusión que uno sacaría de la primera incursión de un nuevo gay en el terreno del arco iris.Por supuesto que no puede inferirse una regla infalible a partir de la anécdota, a pesar de que la experiencia cotidiana pone los puntos sobre las íes y te hace madurar a hostias, pero es real y quizá deberíamos tenerlo en cuenta.
Mi primera visita a una asociación militante GLBTHIJK fue fruto de algún ruego, promesas medio incumplidas y una larga espera. Una amiga lesbiana me había pedido que la acompañara a su cita con una de esas reuniones; ella había acudido previamente a la sede de la asociación para aclararse las ideas, y el día señalado nos reunimos para poner rumbo en su coche a la Casa de la Sirena de Sevilla, en la Alameda de Hércules, lo más parecido a un barrio gay, como por ejemplo Chueca, que uno va a encontrar en la capital hispalense. No hay nada interesante que decir, y eso es lo bueno: allí encontramos todo tipo de personas, con todo tipo de empleos y de todas las edades. Adolescentes, cuarentonas, veinteañeros, hombres, mujeres, gays, lesbianas. Homosexuales, bisexuales, transexuales, informáticos, pintores, estudiantes, maestras, etc. Desde entonces pienso que, dejando un lado la penosa experiencia del tipo con la que comenzaba este post, acudir a una asociación de esta clase es un modo fantástico de empezar a relacionarse con otros homosexuales cuando uno no sabe por dónde meter mano. Además de la ventaja más obvia, la que acabo de mencionar referente a la variedad de personas que uno conoce, uno cuenta con que es muy posible que se encuentre con personas en su misma situación, un poco perdidas pero deseosas de aclararse las ideas e, incluso, comenzar una nueva vida. Así pues, las asociaciones GLBT no juegan solo el papel del activismo social, sino que también ofrecen a gays, lesbianas, bisex y trans la posibilidad de comprobar que no están solos. El trato, por cierto, suele ser muy amigable, dado que la mayoría de los asistentes conoce la desorientación que a menudo acompaña la vida de un homosexual que no ha comenzado a relacionarse con otros homos. En fin, un pequeño consejo para lectores desorientados. Por si fuera poco, es un buen medio de conocer compañeros de fiesta y, ¿por qué no decirlo?, amantes, ligues y parejas. Ay, Señor, la vida gay...
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