[Escrito el sábado tarde/ noche.] Ha sido un día cálido, nostálgico, muy evocador, y una brisa fresca empieza a soplar ahora junto con la noche que se abre camino. Cualquiera diría que en cuestión de doce horas hemos dado un salto mortal desde principios de marzo hasta mediados de mayo. En días como hoy echo de menos las vidas que no vivo, qué extraño. Albergo algunos sueños y, en fin, espero realizarlos algún día. Me gustaría poner rumbo a Estados Unidos, por ejemplo.Bueno, al margen de eso estaba pensando, a la vez que leía los posts de Andrew Sullivan respecto a lo que él considera el conservadurismo genuino, en todas las etiquetas que existen y nos envuelven, en cómo nos facilitan la vida y, al mismo tiempo, en la mala fama de la que adolecen y en lo perniciosas que pueden llegar a resultar.
Recuerdo cierta cita con la asociación activista gay que he mencionado en alguna ocasión; estábamos discutiendo, algo bastante habitual, la relación de los homosexuales con la Iglesia católica. Se había mencionado a José Mantero, ese sacerdote tan vivaz, y algunos habían fantaseado con que el Vaticano tenía entrenados a algunos sacerdotes–sicario encargados de liquidar a los enemigos de la Fe. Yo respondí que esa película ya la había visto, aunque naturalmente no era más que un sarcasmo, a pesar de la buena relación que yo mantenía con el excéntrico treintañero que había proferido esa barbaridad. El caso es que llegado cierto momento, el tipo realizó un pequeño interludio para aclarar lo que todos teníamos ya bastante claro: qué son los activos, y qué los pasivos. Ni hablar de los versátiles o «demócratas», esa mayoría silenciosa. En ese momento, uno de los mandamases de la asociación, y moderador de las reuniones, lo interrumpió para explicar que las etiquetas no son buenas consejeras. Aquello me sorprendió, pues esas etiquetas son tan comunes en la vida cotidiana de los homosexuales, que de renunciar a ellas nos veríamos en la obligación de encontrar alguna sustituta. Quizá no sea muy romántico, pero no son pocos los que conciertan sus citas bajo la premisa de que «eres activo, eres pasivo o eres versátil», para no llevarse sorpresas de última hora. Así que, ¿por qué rechazar una herramienta tan útil? Más aún, algunos incluso preguntan desinhibidamente qué es lo que le mola a uno aun sin conocerlo. Estoy pensando en una noche en que quedé solo con un colega, aunque finalmente nos reunimos una pareja, él --no se conocían-- y yo en la barra de un local de ambiente. De pronto, y en medio de una conversación, mi colega les preguntó a los otros cómo «se organizaban». Creedme, no venía a cuento de ninguna forma. Se trató de un cambio de tercio en toda regla. Yo casi me atraganté con mi bebida, aunque los otros respondieron con aparente calma que eran «demócratas». No parecieron molestarse por la intromisión, de modo que me despreocupé, pero, cielos, ¡ni siquiera yo estaba al corriente de aquello, nunca se me había ocurrido inmiscuirme en la vida íntima de mis amistades, a menos que ellos tomaran la iniciativa!
Muchísima gente desprecia las etiquetas y opina que sólo sirven para parcelar la realidad. Sin embargo, es un hecho que los humanos necesitamos fraccionar las cosas para comprenderlas y evitar volvernos chiflados. No creo que las etiquetas sean nocivas de por sí, aunque ciertamente la incapacidad de muchas personas de combinarlas, organizarlas y observarlas con una perspectiva de conjunto puede hacerlas aparecer a nuestros ojos como auténticos proyectiles. Personalmente me siento cómodo con ellas y las utilizo a menudo para expresarme y para acaparar el mundo que me rodea. No me preocupa adscribir una novela al género de terror, ni denominar un rol sexual como activo o a un compositor como minimalista. Es más, me encanta contar con las palabras adecuadas para darme a entender, y, si una no es suficiente... bueno, para eso se inventaron los circunloquios. Así pues, puede que llamar a un homosexual obeso y peludo «oso» suene ofensivo a algunas personas, o que describir a otro como pasivo excluya gran parte de la naturaleza de ese tipo, pero es que, diablos, yo no pretendía describir toda la naturaleza de ese tipo: me limitaba a afirmar qué tipo de cosas le molan en la cama, él mismo me lo dijo. Y, ¿quién sabe?, puede que él mismo me lo demuestre. Oh, etiquetas, hermosas y útiles etiquetas...
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