enfoque gay lo publicó el miércoles 7 de febrero de 2007 a las 3:23

Una noche de jueves

Desde La Máquina BonesPubliqué esta entrada originalmente en La Máquina Bones. // A eso de las dos de la madrugada, cuando los demás miembros del variopinto grupo GLBT se hicieron fuertes en un local de copas horadado en el subsuelo, Z., X. y yo nos sentamos en el peldaño de entrada de un edificio de viviendas situado en la acera opuesta. Yo estaba de un humor de perros, por mantener la costumbre, sumido en mi fantasioso rencor contra el mundo, mientras que Z., siempre jovial, se esforzaba en animar aquella fiesta de corazones hambrientos. X., apoyado en la jamba, se quejaba amargamente de lo difícil que resultaba entablar una relación sentimental seria. Supongo que los tres audaces formábamos una especie de escuadrón de los traumatizados, con la posible pero improbable salvedad de Z., cuya felicidad aparente quizá encubría las mismas frustraciones que nos hacían temblar de hastío a sus dos compañeros. Z. contaba casi cuarenta años y era atractivo de un modo sofisticado e inofensivo, con un encanto natural que lo hacía presa fácil de solitarios y gays ávidos de sexo (decir que Z. «se iba a la cama con cualquiera» era de una exactitud literal). X., por el contrario, se ajustaba bastante bien al perfil del oso de ambiente --tipo peludo y fornido, en la jerga homosexual--, aunque siempre que me lo encontraba lo veía envuelto en un estado de hastío inexpugnable. Aunque carecía de pluma, no tenía inconveniente en forzarla si la ocasión lo requería, lo cual ocurría bastante a menudo, trasformándose de este modo en ese tipo de hombre rígidamente femenino que le hace a uno preguntarse si en las noches de lluvia no saldrá por ahí a asesinar prostitutas. Aunque yo no lo encontraba apuesto, debía de tener algo que justificara su éxito con los hombres: puede que fuera esa especie de sexualidad a flor de piel que reviste a algunas personas. En fin, nunca pensé que X. fuera una lumbrera, pero me preguntaba entonces, y me lo pregunto ahora, si la impresión que él me causaba no se debería más bien a que el dolor que lo acribillaba no le impediría plantearse las cosas con una cierta perspectiva. El chico buscaba desesperada e ingenuamente el amor, como todos, pero sólo encontraba relaciones sexuales. Muchas. Demasiadas. Cientos. («Me pasé la tarde comiendo p*llas», dijo aquella noche en tono quejumbroso). Los chicos guapos se le aproximaban en las discotecas y le ofrecían trato carnal, ya sabéis, un poco de gloria transitoria, un torrente de hormonas y cálidos flujos en los cubículos, en los urinarios, en la cama de un motel --allí, detrás de la furgoneta negra, nadie nos verá--. // Sigue leyendo aquí.

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