Si aquel viejo edificio de color arenisca permanece en pie, erguido como un monumento al mal gusto en un extremo de la Alameda de Hércules de Sevilla, supongo que sigue suscitando todavía la misma sensación de tedio e institucionalidad que cuando yo lo visitaba cada semana hace cosa de tres años. Por situarnos explicaré que la Alameda de Hércules es el núcleo privilegiado de la homosexualidad sevillana: en sus aceras uno tiene a mano una amplia variedad de locales de copas, discotecas, cuartos oscuros, cabinas de sexo rápido, venta de estupefacientes y servicios de prostitución heterosexual, además de un surtido de muchachos que aletean graciosamente por aquel microcosmos gay. Como decía, hace años que no piso la Alameda, de modo que no sé hasta qué punto ha cambiado, si es que ha cambiado, o si perdura inalterada e insensible al paso del tiempo. Tampoco sé si el edificio mantiene el equilibrio frente a El Bosque Animado, bar estrella del ambiente hispalense, o si algún ciudadano con el suficiente buen juicio lo ha reducido a escombros con un buldózer secuestrado de, digamos, las interminables obras del metro. Qué recuerdos: las sesiones de aburrimiento en grupo, la curiosidad, una discreta timidez, miradas, un poco de deseo y una fuerte dosis de mezquindad frente a D.; a este pollo me pareció verlo en una fotografía de Internet hace pocos meses. Las cosas no fueron bien, en lo tocante a la amistad. Aquella arrogante falta de diplomacia...La asociación GLBT andaluza COLEGA celebraba sus reuniones semanales en aquel edificio cedido por el Ayuntamiento, y allí coincidía jueves tras jueves la feliz trouppe, presta a comenzar la fiesta con una despreocupada dosis de compromiso cívico. No obstante, las citas solían ser de lo más aburridas, con todo género de charlas intrascendentes que raramente captaban la atención de los congregados. La contrapartida residía en la oportunidad de conocer a personas de muy diferente tipo: gays, lesbianas, bisexuales y transexuales, jóvenes y maduros, histéricos y santos Job, agresivos militantes y cínicos imperturbables, barbudos aficionados a los chaperos y cuarentonas recién salidas del armario. Si he de ser honesto, no hice ninguna amistad entre aquella gente, pero sí me integré en un pequeño grupo que se reunía los fines de semana para salir de copas. En términos generales fue una gran época, con los enojosos conflictos personales compensados mediante un aprendizaje intensivo del modo en que los humanos nos relacionamos. Todo era nuevo para mí.
No hay que ser un lince para darse cuenta de que GLBT es el acrónimo de las palabras que dan título a esta entrada: Gays, lesbianas, bisexuales y transexuales. Se ha convertido en una especie de estándar de facto sociológico incluir tanto las tendencias sexuales minoritarias como la transexualidad --término que no describe la orientación afectiva, sino la identidad de género-- en un mismo grupo militante, aunque sospecho que no todos los homosexuales se sienten cómodos compartiendo la lucha por los derechos sociales. Comprendo que esta cuestión suscite acaloradas polémicas, a pesar de que, por guardar las formas, raramente se discute en ambientes de activismo homosexual, pero existen motivos fundados, al menos en opinión de algunos, para romper con la tradición e iniciar batallas independientes. Por un lado, el número de transexuales parece ser poco significativo, y desde un punto de vista político poco relevante. A su vez, no todos los ciudadanos que toleran la homosexualidad dispensan ese mismo nivel de comprensión a la transexualidad. Por si todo eso fuera poco, los trans adolecen de una penosa imagen pública, con escasos modelos de personas de éxito transexuales que despierten simpatías entre el público. Convertidos en animales de barraca de feria en numerosos programas de televisión, la transexualidad suele emparejarse en la imaginación popular con la prostitución, la falta de cultura e incluso con el mal gusto y la zafiedad. Como consecuencia de ello, algunos homosexuales se preguntan si trabajar en comandita con los trans, no conlleva perjuicios de imagen pública de los que sería buena idea deshacerse sumarísimamente. A fin de cuentas, argumentan, prescindir de la exigua presión transexual no proporcionaría más que ventajas de proyección público a los movimientos en defensa de los derechos de los homosexuales.
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