Hace aproximadamente un par de meses mis huesos fueron a parar, vía Google, a un inflamado hilo sobre famosos gays alojado en un foro homosexual. Allí se daban cita chavales procedentes de todas las esquinas de la piel de toro, juguetones muchachos que especulaban sobre la posibilidad de que tal o cual celebridad, generalmente presentadores de televisión y cantantes de Operación Triunfo, fuera aficionada al vicio francés, por así decir. De aquella conversación atrajeron mi atención dos cosas: una, que se descartara tan sumarísimamente la posibilidad de que los hombres a los que los testigos habían visto relacionándose con otros hombres fueran en realidad bisexuales, pero que estos no hubieran tenido la consideración de besar también a una chica para satisfacer el morbo de los mirones; y otra: que sean los mismos gays quienes ostentan esa predisposición a despojar de intimidad --y, por qué no decirlo, de seguridad-- a quienes comparten con ellos bastante más que su orientación sexual: también los problemas y la presión social que la homosexualidad conlleva.La lista de famosos forzados a vivir una especie de homosexualidad silenciosa es tan larga que ni siquiera merece la pena desgranarla. A veces experimento la sensación de que cualquier rostro que aparece en televisión tiene, digamos, una probabilidad superior al setenta por ciento de pertenecer a un homosexual. Aún más, cualquiera que haya salido a dar una vuelta por los locales de ambiente de una gran ciudad --Madrid, Barcelona, Sevilla, por ejemplo--, cuenta con muchísimas papeletas para reconocer las facciones de uno de esos fulanos a los que solemos llamar, no sé si con excesiva severidad, «personajes públicos». Yo mismo podría citar a unos cuantos, si compartiese esa vana propensión a la indignidad de la que hacen gala muchos homosexuales chillones.
Reduciéndola a su mínima expresión, la pregunta es la siguiente: ¿tenemos derecho a despojar de su derecho a la intimidad a un sujeto... a un sujeto con un oficio expuesto al público... para convertirlo por la fuerza en mártir de la causa homosexual? No hablo de casos excepcionales, sino de la tónica general. Tal vez, si alguien ofreciera muestras de desprecio contra los gays a pesar de disfrutar él mismo de una hipócrita y secreta existencia homosexual, podríamos considerar la posibilidad de poner de manifiesto su falsedad. Tal vez, sólo tal vez. Pero no hablo de eso; mi pregunta tiene los ojos puestos en todas esas celebridades cuyas carreras podrían ser destruidas, reducidas literalmente a compota de manzana podrida, si el ruedo público conociese sus inclinaciones: que a tal presentador le mola morder almohada, o que a aquella tonadillera le complace abrazar a hermosas muchachitas de porcelana y terciopelo. Por cierto que recuerdo cierta ocasión en la que una escritora lesbiana y bastante agresiva, elevada en el estrado durante la presentación en sociedad de su nuevo libro, regaló los oídos de la escasa audiencia con unas cuantas revelaciones de famosas homosexuales.
No obstante, existe un caso excepcional que me induce a preguntarme si no dará exactamente lo mismo decir o silenciar que tal celebridad es gay. Y es que, aunque públicamente se limita a responder, cuestionado por un fan sobre su orientación sexual, que «eso es lo de menos», es tan proclive a dejarse ver con miembros de su mismo sexo, a aparecer en fotografías de discotecas de ambiente y de fiestas gay... se muestra tan... exhibicionista, que le hace a uno cuestionarse si en el fondo no tratará de hacerse notar... por no mencionar a aquellos otros famosotes inopinados que rellenan decenas de perfiles en los portales de contactos de Internet, como por ejemplo Chueca y Gaydar, en busca de sexo esporádico, para después adoptar un falso rol heterosexual. A fin de cuentas, fueron ellos quienes comerciaron con su intimidad...
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