[Escrito el jueves... o el viernes.] Uff, no he tenido el mejor de los días. Problemas con el acceso a Internet, dificultad para escribir, un feo asunto que afecta a las cañerías de mi casa. Alguien debe de quererme mal. Además, si he de ser honesto, no estoy muy seguro de qué tema deseo tratar en este post, de modo que me limitaré a rellenar un par de párrafos, por cumplir con las formas, y dar la jornada por terminada. Presento mis disculpas desde ya, pero... uff, no he tenido el mejor de los días.Recuerdo que hace tres o cuatro años, cuando compartía un piso de estudiantes en Sevilla con un par de chavales gays, pregunté a mis compañeros en alguna ocasión si en su opinión existía un patrón al que debían ajustarse todos aquellos homosexuales que se dejaran ver por el ambiente. Uno de ellos, con quien había entablado una relación más o menos benéfica, por así decir, negó con la cabeza, adoptando una especie de expresión indescifrable que podía significar cualquier cosa y a la que terminé por habituarme. El otro respondió que había ciertas características que parecían reproducirse en el carácter de los gays siguiendo una especie de pauta, pero que de todas formas era algo que carecía de importancia. Les formulé esta pregunta porque siempre tuve la sensación de que el ambiente --o más bien determinadas zonas de éste-- era tan permeable a las particularidades individuales como unas botas de agua. No es que yo necesitara pruebas de que las supuestas permisividad y apertura de mente de los homosexuales no eran más que un mito, pero aquella época me sirvió para comprender un poco mejor el modo en que se comportan y relacionan determinado tipo de homosexuales.
En lo concerniente a mí, nunca he sido un tipo demasiado sociable, me muevo con suma cautela con independencia del contexto, impulsado siempre por una desconfianza aprehendida a lo largo de la infancia y la adolescencia, y he utilizado esta especie de renuencia como la herramienta perfecta para observar con distanciamiento, y también con desapego y frialdad, al resto de las personas. Por otro lado, mi propio recelo, e incluso mi incapacidad de experimentar un buen número de sensaciones y emociones muy comunes, han hecho de mí una especie de sombra que se desliza por los márgenes: y es que, aunque siempre me introduzco en algún grupo, tarde o temprano, aliviado por el desapego del que hablaba, pongo pies en polvorosa, una vez he visto lo que había que ver (y comprendido que tampoco ese lugar está hecho para mí). Saco a colación este asunto no sólo para glorificar mi ego... sino también porque encuentro irritante, y desde luego de una hondísima necedad, esa inclinación que comparten algunos homosexuales para demarcar el comportamiento que ellos consideran digno, censurando --cuando no mostrándose activamente hostiles-- los casos en que un tipo de su misma cuerda sexual decide que pasa de seguirles el rollo. Suelo llamarlos homofascistas (supongo que, desde un punto de vista etimológico, esta palabra carece de sentido). De cualquier modo, los homofascistas son, junto con los homófobos, el principal peligro y la mayor rémora que afecta a toda la comunidad gay y lésbica. Impulsados por la agresiva convicción de que han de forjar un mundo a imagen y semejanza de sus rígidas fantasías, están equipados día y noche con un verdadero arsenal de armas propagandísticas. Y la propaganda es, como todos sabemos, una de las habilidades más notables de todo régimen fascista.
En fin, empecé a escribir este post con el propósito de rellenar una página, y ya lo he conseguido. Pero, dado que siento un profundo interés por este asunto, el del homofascismo y el de la nociva costumbre de muchos gays de moralizar tal y como han hecho a lo largo de la historia quienes ellos consideran, absurdamente, sus enemigos, rescataré el tema en un futuro para discurrir un poco sobre él y sobre las severas contradicciones que afligen a mis queridos fascistas de la homosexualidad.
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