El pasado domingo publiqué una entrada en la que abordaba de soslayo un concepto, el del homofascismo, que describe gráficamente el estado mental en el que se encuentra parte de los homosexuales, una pandilla de fanáticos convencidos no sólo de conocer qué camino único han de recorrer gays y lesbianas en pos de su Torre de Marfil, sino también de que existe plena justificación para cortar las cabezas de todos aquellos librepensadores que residen fuera del redil. Supongo que resulta doblemente necio de su parte, y doblemente irritante de parte de todos, que sean precisamente homosexuales quienes, dominados por la rigidez mental, infligen un daño tan profundo e irreparable al resto de ciudadanos que comparten sus inclinaciones afectivas y sexuales. Pese a la oposición de algunos al concepto de homofascismo, he tratado y trato todavía con tantos partidarios de esa idea, la de la sumisión y el adocenamiento doctrinario, que me pregunto cómo alguien puede seguir negando su existencia a estas alturas.Este delicado asunto ha asaltado de nuevo mi cabeza mientras leía un artículo de Larry Elder titulado, con intención provocativa y jocosa, Global warming turns people gay. Bueno, no es la primera vez que oigo una afirmación semejante, pero en esta ocasión se trata de un chiste muy bien traído, mientras que en la otra quienes se volvían homosexuales eran las moscas expuestas a un exceso de calor.
Leyendo la columna de Elder tuve conocimiento de uno de esos pequeños escándalos que se reproducen de vez en cuando como hongos en un humedal. Se trata de que la asociación GLBT americana Human Rights Campaign exigió la retirada de un anuncio de las barritas de caramelo Snickers emitido, con notable éxito, dicho sea de paso, durante la pasada celebración de la SuperBowl, ese mastodonte deportivo/ televisivo/ publicitario que colapsa una vez al año todos los Estados Unidos. El argumento del spot consiste en lo siguiente: dos mecánicos comparten un Snicker, y de este modo sus labios entran en contacto. Cuando se dan cuenta de lo que acaba de suceder, víctimas de un súbito miedo cerval, se apartan bruscamente el uno del otro y, a fin de demostrar su virilidad, se arrancan el vello del pecho. Pues bien, algunos opinan que eso encierra un mensaje homófobo, y decidieron que debía ser censurado. ¡Ah, censura, que detestable concepto, y qué útil cuando a nosotros conviene! Si debo ser honesto, a mí el spot me pareció más bien homoerótico, con el fálico bombón devorado a dos bandas, las expresiones de placer ancladas al rostro de los actores y el rudo escenario de película de Cazzo Films (¡esos idólatras del vicio alemán!). De hecho, el argumento de marras ni siquiera es original: las series de televisión lo han reproducido cientos de veces a lo largo de los años. A día de hoy incluso pueda causar un poco de cansancio, de puro previsible. En fin, el anuncio puede verse aquí. Que cada cual saque sus propias conclusiones. Pero, ¡ay como no coincida con la mía...! –rugió el homofascista.
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