Por aquella época éramos todavía unos niños, pero algunos ya teníamos las cosas bastante claras. Como por ejemplo R., quien en la azotea de mi casa me confesó que le gustaba C. Incluso por aquel entonces sabíamos muy bien que hay cosas sobre las que conviene guardar secreto, de modo que me pidió que no se lo dijera a nadie. Cumpliera mi promesa o no, recuerdo la reacción que experimenté en aquel instante. O, para ser precisos, las dos reacciones. La primera fue de súbita satisfacción, pues acababa de descubrir que a fin de cuentas yo no era el único, si bien tuve la precaución de no manifestarlo en voz alta. La segunda consistió en adoptar la pose de señor mayor y muy pedante y explicarle que lo que le ocurría es que era homosexual. Qué curiosa palabra: cuánta sonoridad, cuántos problemas.C. es hoy día médico con consulta propia, y de R. poco sé, aparte de que guarda un ligero parecido con Freddie Mercury, conserva todas las plumas de la infancia y ofrece ese aspecto típico de los gays más propensos a la promiscuidad y el vicio. Mientras tanto yo, el tercero en discordia, aquí sigo...
Me figuro que ésa fue la primera ocasión en que supe de la homosexualidad de alguien a quien conocía, aunque ciertamente albergaba mis sospechas respecto a varias personas. Por curioso e incluso sorprendente que suene, el tema de la orientación sexual posee una enorme relevancia en las relaciones entre los niños; y no sólo porque hayamos acuñado el desafío «mariquita el último», casi tan absurdo como «guapo el último» (a ciertas edades, «guapo» y «mariquita» son sinónimos), sino también, y esto no es más que una sospecha, porque en la época del desarrollo y el descubrimiento sexual todos nos formulamos muchísimas preguntas sobre nuestra identidad. Y aparte del placer morboso que proporciona despojar a otro de su intimidad, nunca viene mal ponerle los ojos encima a alguien con quien compartimos un pequeño y a menudo terrible secreto.
Como muy tarde, yo estaba en 8º de EGB cuando le confié a mi mejor amigo de la infancia que era gay. No estoy seguro de la expresión que utilicé... tal vez recurrí a alguna evasiva, afirmé que me gustaba un tío en particular, no el género masculino en conjunto... pero permanece fresca en mi memoria la imagen de nosotros dos sentados en uno de los muretes de la azotea de casa. Puede verse que ese espacio con losas de color rojizo ha sido testigo de horribles revelaciones, ¿eh? En fin, había empezado a anochecer y hacía fresco: supongo que la creciente oscuridad fue una ventaja a mi favor. La intimidad funciona mejor cuando las partes se hallan sumidas en la penumbra, como bien lo demuestra el uso de velas en las cenas románticas...
Aunque no es fácil abordar este asunto... al menos, no fue un plato de fácil digestión para mí... debo reconocer que todo fue a las mil maravillas, y que en lo sucesivo pude mostrarme bastante franco con este chaval, que jamás, ni siquiera años después, cuando las cosas se pusieron feas y nos distanciamos, hizo uso de esta «información sensible» para causarme problemas. Yo le contaba qué tíos me molaban, y él me explicaba qué chicas lo volvían loco. Bien pensado, él siempre se mostró más solícito a las confesiones que yo, así que me relató algunas cosas que yo habría podido vivir sin conocer. El muy mamón incluso llegó a masturbarse conmigo delante, aunque yo tuve la consideración de darle las espalda y seguir con mi charla. Si bien es cierto que, durante esa larga época de cósmicas explosiones hormonales los tíos somos capaces de llevar a cabo cualquier cosa, cegados como estamos por el irresistible empuje del deseo sexual, yo fui siempre bastante... conservador, por así decir. Quizá sea algo que deba lamentar, o puede que no. El caso es que, mientras mis compañeros se masturbaban en mitad de la clase, con subrepticios movimientos de muñeca bajo el pupitre, o en los amplios armarios vacíos, yo me limitaba a considerar el espectáculo con distanciamiento y una cierta reprobación. Ay, si hubiera aprovechado aquello.
A lo largo de los años he elegido con prudencia al tipo de gente a la que hacía depositaria de mis secretos, y me complace que por lo general obtuviera buenos resultados: casi ninguno de mis confidentes aprovechó la ocasión para jugármela. Sin embargo, quizá exista una pequeña y sorprendente excepción. A fin de cuentas, él era un verdadero liberal: o esa imagen se esforzaba en proyectar. A mí, como a tantos otros, me embaucó.
Era un muchacho más bien apuesto, no espectacular, desde luego, pero poseía ese tono de sexualidad a flor de piel que he mencionado en alguna ocasión. Había algo muy libidinoso en sus movimientos, en su confianza aparentemente ilimitada en el mundo, en el brillo delicioso de sus ojos y en su afición a la poesía, que escribía con dulce sensibilidad. Era tan fresco, todo vida, desinhibición, humor y sensualidad. También era bastante moderno, ya sabéis, un presunto liberal, y manteníamos una estupenda relación. Así que, ¿por qué no decírselo? Me apetecía seguir ampliando mis horizontes, el número de personas con las que podía expresarme sin temor a cometer errores de género. Y es que los homosexuales, enclaustrados en nuestros muros, padecemos nuestros propios conflictos gramaticales: él, ella, ello, la persona, la chica...
Un día lo invité a que me acompañara a las puertas del instituto. El sol doraba los parterres arbolados y la fachada de ladrillo visto del instituto, las voces de las decenas de estudiantes se elevaban graciosamente sobre el aire; disfrutábamos pues de una de esas magníficas mañanas sureñas. Guié al chaval hasta una puerta clausurada y, tras dar algunos rodeos, le expliqué que me gustaba un chico. Todo fue perfecto: él me formuló algunas preguntas y yo le corregí cuando incurrió en errores de concepto bastante habituales. Supongo que, por ser él, los consideré particularmente inofensivos y encantadores. Diré en su favor que a partir de entonces se esforzó en mostrarse natural cuando trataba conmigo, pero el temblor de su voz, el modo en que rehuía mi mirada y la forma en que limitaba el trato conmigo delataban que, después de todo, la homosexualidad era algo más de lo que se sentía con fuerzas para tolerar. Yo, fiel a mis costumbres, me dije que eso poco importaba.


