Uno nunca sabe cuándo va a ofender a un lector. De hecho, uno ni siquiera sabe si tiene lectores, ¡al menos hasta que se enfadan y se proponen ponerte los puntos sobre las íes! Puede que lo consigan, o tal vez no, decidirlo es complicado, claro, así que te sientas con cara de santo frente al monitor de tu computadora, colocas las manos sobre el teclado y empiezas a escribir un texto del que seguramente te avergonzarás en 24 horas. ¿24? Bonita cifra, un número tan bueno como cualquier otro, pero la verdad es que mi media de arrepentimiento se reduce a los 40 minutos. Así que, antes de que la duda sobre la conveniencia de publicar el texto que estoy redactando en este momento se instale en la superficie de mi cerebro, pondré la vista y la polémica en Ann Coulter, la estrella mediática norteamericana. Coulter es conservadora, muy conservadora. Y republicana, muy republicana. Delgada y rubia, posee un cierto atractivo que muchos adversarios ideológicos tal vez desearían malograr a base de cuchillas, de modo que Ann Coulter pareciese más bien Ann Sin Rostro, el famoso personaje de cuento de terror*. La saco a colación porque la Coulter afirmó, respecto a la relación de los liberals (progres) americanos con los gays: [Anotar cita literal.] [*Ese personaje no existe; es sólo que necesitaba compensar el tamaño de la frase.]No estoy seguro de qué estímulo ha traído el rostro y la cita de Ann Coulter a mi cabeza, pero bien está. El caso es que tengo en mente a, por un lado, determinado tipo de homosexuales, y por otro, determinado tipo de modernillos; el factor común es el vicio de utilizar la homosexualidad como arma arrojadiza. Y no me refiero solo a que da igual cuál sea el problema... si la víctima es gay, se trata de un caso claro de homofobia, disipando de este modo toda la eficacia que ese argumento, un tanto sobado, manipulado, exprimido y machacado, pudiera tener. ¡Soy gay, abrid paso! A estas alturas, incluso las mujeres embarazadas y los ancianos deberían abandonar los asientos en el transporte público en favor de los gays. ¡Ups!, vaya, vaya. No es una idea políticamente correcta, ¿verdad? Supongo que no, pero ése no es mi negocio. En este momento mi intención es señalar con dedo recto a todos esos farsantes que parecen decididos a convertir la homosexualidad en una tara emocional, moral y social. Sin embargo, no es esto lo que quería decir: la ardilla ha vuelto a irse por las ramas.
La cuestión es que el segundo o tercer mayor problema derivado de ser gay no es que un heterosexual piense que el sexo es un instrumento puramente biológico, ni que un bloguero opine que no se es lo bastante buen gay hasta que te das una vuelta por un parque público en busca de sexo, sino que un activista de los derechos de los homosexuales, o el amigo de un activista de los derechos de los homosexuales, te acuse de ser un gay enclaustrado. Ya sabéis, ese sacerdote es gay, así que mejor se calle. O dicho de otro modo: ¡ES GAY! ¡QUE SE CALLE!
A grandes figuras de la vida pública española, especialmente de la vida política y de la escena religiosa, se las acusa de ser gay. Algunas revistas de gran relevancia --por lo menos comercial-- incluso lo sugieren abiertamente con composiciones fotográficas en portada demasiado obvias para que pasen desapercibidas. Y la idea es que, si se trata de gays o incluso bisexuales, esos grandes olvidados, entonces no... tienen... derecho... a... opinar. El argumento es absurdo, por no decir que carece de sustancia. Me refiero a que, ¿qué problema hay? Si un tipo es gay y ha decidido que pasa del tema, ¿por qué habría de autoexcluirse de un debate que, al menos en apariencia, sacude vigorosamente a la sociedad? Cierto humoristas televisivo bromeó en una ocasión sobre cómo la conferencia episcopal era un nido de homosexuales. Incluso si así fuera, ¿es eso una acusación formal? ¿Determinados hombres no tienen derecho no ya a ser homosexuales, sino a renunciar a esa vida en favor de, digamos, sus ideas morales o religiosas? He hecho alusión a lo que yo llamo «homofascismo» en varias ocasiones previas en el blog, y cada vez estoy más convencido de que se trata de una teoría sólida, con tantos ejemplos que la refrendan que ni siquiera merece la pena esforzarse en desarrollarla. Y si alguien piensa que me equivoco, bueno, soy gay: ¿cómo podría cometer ningún error?
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