enfoque gay lo publicó el martes 23 de enero de 2007 a las 18:08

Parejas - gays - televisivas

No es que me haya aficionado a los programas sentimentales que pasan por televisión, ya sabes, pero Anabel Alonso era tan encantadora, tan propensa a las risas, causaba tal sensación de felicidad plastificada en mi gomoso corazón que, en fin, me senté frente al televisor y los vi. Entonces ya estuve atrapado y nada pude hacer por evitarlo. A los muchachos, los dos chicos morenos, de corto cabello negro y cuerpos delgados. Ocupaban sendos asientos situados frente a la presentadora, y un falso muro deslizante de unos quince centímetros de grosor se interponía entre ellos, pero el hecho es que se habían conocido previamente en el piso familiar del pollo de la izquierda, un niño tan gay como una blusa de dulce terciopelo. El otro, por el contrario, parecía llevar una pacífica existencia bajo su aspecto... sutilmente... gris.

El súper–gay lo había advertido previamente con su enorme boca de grandes dientes blancos: «todos mis amigos son guapos, así que no voy a tener un novio feo». Conque no vas a emparejarte con un feo, ¿eh? No, si capto a la perfección la lógica del proto–silogismo: amigos guapos, novio guapo (¿has oído hablar de ese tipo de homosexuales que, sencillamente, no toleran la fealdad?). Como digo, el chico lo había advertido, así que cuando el muro retrocedió, el otro aspirante al crucero por el Caribe se encontró con un frío vacío, con el espectro de una esperanza asfixiada por la hambrienta hiedra. El silbido del viento que embate las pobres almas. Mis amigos son guapos, y no voy a tener un novio feo. De acuerdo: hay cierta lógica en eso. La suave caligrafía de la tristeza que firma una carta a su íntima amiga, la Señora de los Suspiros.

Para un romántico sórdido e impenitente como yo, aquello fue un duro mazazo. Todavía no me he recuperado, lo recuerdo como si fuera ayer: la vigorosa acometida de la frustración, que se arrastra graciosamente sobre los músculos de mi cuerpo, sedienta, en dirección a mis ojos. Así que pongo la mirada lejos, al otro lado del Atlántico, y leo acerca de un interesantemente absurdo programa de televisión, Chico conoce chico, protagonizado por un treintañero de fuertes mandíbulas y rasgos agradables, un ex abogado o algo así, que debe alternar con una serie de supuestos pretendientes, algunos de los cuales, para colmo, son impostores heterosexuales. La gracia está en que ha de localizarlos y rechazarlos. Finalmente el guaperas eligió a Wes, quien con el paso del tiempo ha llegado a ser una especie de estrella del mercado de los derechos de los homosexuales; hoy se comercia con cualquier cosa, ¿no crees? Si ese programa se realizase en España, y esto es sólo una conjetura indecorosa, por supuesto, estoy convencido de que a eso de las ocho de la tarde podríamos ver una felación en pleno directo. Bien, bien. Así me gusta, que la felicidad se manifieste en toda su gloria. Un músculo, una lengua, líquidos y calor. Maravilloso, hombre, ¡ma–ra–vi–llo–so!

A propósito, en todas partes publican artículos sobre Isaiah Washington, el tipo que llamó marica a su compañero de reparto en la teleserie Anatomía de Grey. Pero vaya, qué poco me importa. ¿Me pasa algo, doctor? ¿Doctor?

Posdata: Fort Lauderdale tiene desde 2007 su propia semana de la moda, de modo que si tienes previsto pasar tus vacaciones allí, según esa costumbre anual que le has impuesto a tu vida sexual, deja de chupar por los rincones de una maldita vez y cómprame algo bonito. Joder, ya sé que a FL uno acude a f... Olvídalo, tío. No he dicho nada. Limítate a hacer lo de siempre, y resiste la maldita tentación de traerme fotos de tus cincuenta amantes. No me interesan.

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