Ayer por la tarde publiqué una entrada en la que reflexionaba sobre la relación de los homosexuales con la religión. Mi tesis se reducía a lo siguiente: yo, autor del texto, tengo fe en Dios y al mismo tiempo me siento satisfecho con mi identidad sexual. De modo que, ¿qué cantidad de argumentos es necesaria para rebatir esta prueba viviente de que es posible ser cristiano y gay? Y por todos los cielos, el viejo y arrogante pretexto de que «yo no lo puedo comprender» no sirve de nada. Si negamos la realidad de cada cosa que nos sentimos incapaces de entender, entonces quizá haya llegado el momento de que saquemos de debajo de las camas los maletines nucleares, nos despidamos de nuestro seres queridos y oprimamos los botones rojos. Una cadena de terribles explosiones enviará todas nuestra almas al infierno en el expreso de los átomos desenfrenados, y mediante este fogoso procedimiento las negras cucarachas que recorren el suelo de nuestras cocinas... podrán llevar a cabo el macabro plan por el que han estado esperando millones de años: DOMINAR EL PLANETA.Sin embargo, mientras esa festiva fantasía se materializa, querría poner bajo el foco de atención un matiz de la homosexualidad que, por motivos absurdos, en contadas ocasiones se toma en consideración.
La promiscuidad homosexual masculina no es ningún secreto, y supongo que ni siquiera un misterio. Puede que en el «mundo hetero» los locales a los que los hombres acuden para satisfacer sus deseos más sórdidos se encuentren no solo separados de los locales de reunión habituales, sino tan aislados que parecen ubicados en una sociedad distinta. Por el contrario, en los lugares de ambiente homosexual apenas existen diferencias ni línea de transición entre las salas en las que uno baila, y las salas que proveen de cuartos oscuros, cabinas, proyecciones pornográficas y ese tipo de cosas. Más aún, en la ruta de iniciación de un muchacho gay que empieza a frecuentar locales del arte, por utilizar esa expresión tan curiosa, a menudo se incluye una visita cortés a un cuarto oscuro. Hace años, fue mi caso: no es que acudamos a practicar sexo, pero es habitual que uno se de una vuelta para formarse un paisaje mental. Supongo que nuestros guías pretenden insensibilizarnos frente a lo que nos queda por ver... y por vivir. Es un hecho. La vida gay y el sexo gay están tan imbricados que parecen una misma cosa. Pero no lo son.
El error reside en la premisa de que la homosexualidad es solo una orientación sexual, un asunto genital, cuando la realidad es bastante más compleja que eso: algunos homosexuales ni siquiera tienen intención de mantener relaciones íntimas con personas de su mismo sexo. Sin embargo, eso no modifica su naturaleza. Me refiero a que no se trata únicamente de con qué tipo de cuerpos uno desea pasar un buen rato, sino con qué personas uno tiene intención de compartir su vida. O, dicho más claramente, a qué sexo uno es capaz de profesar amor romántico. Así que, dadas las circunstancias, la homosexualidad no es la cama ni el gemido, sino más bien el abrazo.
Y es por eso que resulta tan difícil asumir la idea, empáticamente y desde un punto de vista intelectual, de que Dios pueda rechazar a una de Sus criaturas porque ésta ame. No consigo ver el rostro pérfido de esa conducta, la faceta malvada del amor. Y es también por eso por lo que uno puede ser homosexual y amar a Cristo sin sentirse culpable, frustrado ni rechazado. ¿Piensas que se trata de un examen un poco simple? Quizás, quizás, pero, ¿con qué instrumentos contamos para desenvolvernos en la difícil relación con Dios? ¿Y qué energía atávica nos anima? ¿No es el amor? ¿No es la emoción constructiva que conduce a la fusión de las almas? Y si dos almas se unen por medio de ella, ¿es asequible la idea de que esa unificación desinteresada conduzca al alejamiento de Dios, o sucedería más bien todo lo contrario?
En fin, de momento doy el asunto por zanjado, aunque antes de poner el punto final quiero desviar la atención hacia una entrevista que Ramone Johnson, responsable de la sección de estilo de vida gay, por así decir, de About.com, hace a un tipo de lo más singular e interesante. Se trata de Jay Bakker, evangelista de la Iglesia de la Revolución, que él mismo fundó y para la que predica desde Nueva York. Bakker ofrece el aspecto excesivo y poco fiable de un roquero punk, como algunos lo han descrito, y sobre su piel se extiende una fabulosa pradera de amplios tatuajes. El buen hombre está casado y es hijo de un matrimonio de evangelistas que adquirieron una enorme fama hace décadas, hasta que el marido se situó en el ojo del huracán de diversos escándalos y desapareció de la vida pública. La madre, Tammy Faye Bakker, por el contrario, sigue en el candelero, extravagante y con el mismo exceso de maquillaje de siempre. Lo interesante de la Iglesia de la Revolución, decía, es que tiende los brazos a los homosexuales. Me figuro que no es la única, pero parece un ejemplo tan bueno como cualquier otro para comenzar. Y como dije al principio de este post, si ellos son la prueba viviente de que no existen obstáculos para ser homosexual y observar amor a Cristo, ¿de qué sirven todos los argumentos que sugieren lo contrario? ¿Teoría frente a realidad? Incluso alguien tan propenso a la abstracción como yo se queda con la segunda.
Etiquetas: religión

